martes, 30 de marzo de 2021

El Palacio de los Luna: la leyenda del viejo avaro

      Hace algo más de un mes finalicé una entrada sobre el Palacio de Orive asegurando que, la que acababa de contar, no era la única leyenda relacionada con la desaparición de una joven a causa de una vela que se apagaba. Cuenta la tradición que en el Palacio de los Luna, en la plaza de San Andrés y a escasos metros del de Orive, sucedió un hecho tan similar en los detalles principales que cuesta trabajo no pensar que en realidad se trata de dos versiones diferentes de la misma leyenda, con los escenarios y los personajes cambiados, pero seguramente con la misma finalidad moralizante. La historia es la siguiente:


Imagen 1. Vista antigua de la plaza de San Andrés y del Palacio de los Luna.


Imagen 2. El avaro.
     Como cada noche desde no se sabe cuándo, un viejo arrugado contaba sus ganancias a la luz de una triste vela sobre una desvencijada mesa. La habitación donde se encontraba era tan escasa en mobiliario como la calidad de su ropa, lo que hacía pensar que se encontraba en la más absoluta de las miserias. Muy al contrario, el viejo poseía una considerable fortuna fruto de sus muchos años como prestamista, aunque su afán por acumular cada vez más y más riquezas lo hacía vivir tan pobremente. Lo acompañaba su hija, una joven adolescente que, mientras el padre contaba las monedas y las joyas, se afanaba en preparar la cena. 
     De repente alguien llamó a la puerta de la calle y el avaro, tras guardar rápidamente el dinero en un arcón que se encontraba junto a la mesa, fue a ver de quién se trataba. Al abrir se encontró a una mujer desconsolada. Apenas le quedaba nada y necesitaba dinero para poder subsistir. El usurero, que ya estaba acostumbrado a tales lamentaciones, le preguntó si tenía algo que ofrecer a cambio de su préstamo. La pobre mujer contestó que únicamente poseía una humilde y destartalada casa, pero a este le pareció suficiente por lo que, tras redactar el contrato en un papel, se lo dio para firmarlo. La mujer lloró y suplicó para que suavizara un poco los excesivos intereses que acompañaban al préstamo pero, ante la negativa del viejo, acabó firmándolo. El avaro entró con el papel al interior de la casa, volviendo al cabo de unos minutos con una pequeña bolsa de dinero que entregó a la mujer. Cuando ésta se había marchado, volvió a sacar el contenido del arcón y comenzó de nuevo a contarlo, anotando la cantidad en un libro. Una vez finalizada la operación, lo volvió a guardar todo y bajó el arca al inmenso sótano formado por innumerables galerías donde acumulaba sus riquezas.
     Habían transcurrido apenas unos minutos desde que regresó del sótano cuando oyó que su hija lo llamaba diciéndole que de nuevo alguien estaba llamando a la puerta. Tras la misma aguardaba un joven con un gran saco que contenía el dinero que tiempo atrás el usurero le había prestado. Este le recordó que había que incluir el interés previamente fijado, a lo que el muchacho de la entrada respondió que todo estaba en la bolsa, era un hombre de palabra y venía a cumplirla. Tras reclamar el papel que había firmado cuando solicitó el préstamo y cogerlo con gesto violento, el joven dio media vuelta y se marchó sin decir palabra. 
Imagen 3. Otra vista de la plaza y el Palacio.
     El viejo intentó coger el saco para introducirlo en la casa pero pesaba demasiado para él, de modo que llamó a su hija para que lo ayudase. Ella nunca antes había bajado al sótano pero escuchó atentamente las indicaciones que su padre le daba para llegar al sitio correcto donde depositar el dinero, así es que levantó la tapa que conducía al subsuelo de la casa y, tras encender una vela, descendió por las escaleras. Una vez abajo comenzó a recorrer una serie de pasillos repitiendo mentalmente el itinerario que su padre le había marcado: derecha, izquierda, otra vez derecha... Pero de pronto una ráfaga de aire apagó la llama de la vela y la muchacha quedó a oscuras sin saber si debía continuar o intentar regresar a la salida. Intentó avanzar a tientas y pronto se encontró perdida en el inmenso laberinto; gritó y gritó pidiendo ayuda a su padre pero lo único que le respondía era el eco de su propia voz.
     Mientras tanto el prestamista, que la esperaba junto a la entrada del sótano, comenzaba a impacientarse por lo mucho que tardaba su hija en regresar cuando escuchó la llamada de auxilio. Enseguida cogió una vela y bajó en su busca, avanzando con rapidez por unos pasillos que conocía de sobra, pero cada vez que se acercaba a la voz que lo llamaba, ésta comenzaba a sonar en otro punto lejano. Así estuvo varias horas hasta que desesperado decidió salir a la calle a pedir ayuda. Los gritos despertaron a varios vecinos que se asomaron a las ventanas para ver qué ocurría. La mayoría de ellos, que conocían al viejo y lo despreciaban por su mezquindad, se volvieron adentro, pero unos pocos decidieron salir a ayudarle. 
     Cuando este les contó lo que había sucedido los vecinos, armados con todas las velas y candiles que consiguieron reunir, bajaron al sótano. De nuevo la voz de la muchacha se iba alejando cada vez que los que la buscaban se acercaban a ella. Las horas pasaban sin ningún resultado y el viejo, que cada vez estaba más desesperado, suspiró con alivio cuando escuchó que todos subían por las escaleras. Pero su rostro cambió cuando descubrió que su hija no regresaba junto a ellos. No habían conseguido encontrarla y pensaban que ya habría salido por su cuenta y que lo que se escuchaba abajo era el eco, pero el viejo aseguraba que no se había movido ni un solo momento de la entrada al sótano y que por allí no había entrado ni bajado nadie desde que ellos lo hicieran. Los vecinos estaban ya cansados y, pensando que ya no había nada más que ellos pudieran hacer, se despidieron con un simple "lo sentimos".
     El viejo avaro acabó sus días sentado delante de la desvencijada mesa pero ya no contaba sus monedas, únicamente escuchaba con angustia los gritos que noche tras noche su hija le lanzaba desde el sótano.


Imagen 4. Vista actual del Palacio de los Luna.



Rafael Expósito Ruiz.





DOCUMENTACIÓN
- El avaro judío. Cordobapedia.wikanda.es.
- Guía secreta de casas encantadas de Córdoba, 2013. José Manuel Morales Gajete.

IMÁGENES Y FOTOGRAFÍAS
- Imagen 1: Plaza de San Andrés. FO/A 0197-616/N906, Colección Luque Escribano. ARCHIVO MUNICIPAL DE CÓRDOBA.
- Imagen 2: The Miser, 1901. Raja Ravi Varma. Wikimedia Commons.
- Imagen 3: Plaza de San Andrés. Casa de Fernán Pérez de Oliva. Fuente Central. FO/A 0148-037/F38. ARCHIVO MUNICIPAL DE CÓRDOBA.
- Imagen 4: Fotografía del autor.

jueves, 25 de marzo de 2021

Calles de Córdoba: el horno del Duende, el del Cristo y algunos hornos más

      Dice la RAE en su primera definición acerca de la palabra "horno": Construcción de piedra o ladrillo para caldear, en general abovedada y provista de respiradero o chimenea y de una o varias bocas por donde se introduce lo que se trata de someter a la acción del fuego. Obviamente no vamos a tratar aquí de los hornos pirolíticos o de los que tienen función de microondas, no se ha transformado este blog en uno de cocina, sino de aquellos que se adaptan a la definición inicial, aquellos en los que antiguamente se trabajaban panes, ladrillos, yeso o picón y que llegaron a denominar  algunas de las calles de nuestra ciudad. En la actualidad aún contamos con bastantes ejemplos de esto, vamos a ver unos pocos.



1. HORNO
     Enclavada en el barrio del Campo de la Verdad-Miraflores, la actual calle Horno parte desde la de Santo Cristo y finaliza en la Plaza Tejar. En el plano de Karvinski de 1811 aparece como calle y plaza del Horno aunque, seguramente por error, este nombre aparece escrito sobre la actual calle Espalda Santo Cristo. Posteriormente, en el plano de 1851 de Montis, el nombre de la calle se encuentra en su sitio correcto, apareciendo después en el plano de 1884 de Casañal como calle del Horno Viejo, seguramente para diferenciarla de las otras que tenían tal apelativo. Según cuenta Teodomiro Ramírez de Arellano en su obra "Paseos por Córdoba", el nombre proviene de un horno de ladrillos que habría estado ubicado allí. 

Calle Horno.




2. HORNO FERRAGUDO
     La calle Amparo, conocida en Córdoba por conservar aún los restos de la fachada de la Ermita del mismo nombre, donde una vez estuvo el Hospital de la Lámpara, es la que en 1811 aparece señalada como calle del Horno Ferraqudo. En el plano de 1851 aparece además bajo esta denominación una pequeña plaza, hoy desaparecida. Ramírez de Arellano nos cuenta que el nombre de dicha plaza es Ferro Agudo, y que responde al nombre del propietario de un horno que aún existía cuando escribió sus "Paseos por Córdoba", y en cuya fachada existió hasta 1841 una imagen de San Antonio de Padua. En un expediente de 1861 del Archivo Municipal de Córdoba se le da a la calle Amparo el apelativo de Ferragudos y, curiosamente, desde la plazuela antes mencionada se accedía a la desparecida calleja del Mal Fraile, escenario de las andanzas de un tal Antonio Ferragut, hijo del militar catalán afincado en Córdoba don Pedro Ferragut. Da la impresión de que Ramírez de Arellano no relacionó Ferro Agudo con Ferragut o que desconocía esta historia cuando escribió "Paseos por Córdoba", aunque él mismo la narró más tarde en verso en la obra "Romances histórico-tradicionales de Córdoba".

Calle Amparo.




3. HORNO DEL GUIRAL
     Si bajamos por la calle Cabezas en dirección al cruce con Rey HerediaBadanillas y Caldereros, encontraremos a la izquierda una calle sin salida en la que podremos ver un azulejo que nos indica que estamos en la calleja del Horno de Guiral. Según Ramírez de Arellano el nombre provenía de la casa solariega de la familia de este apellido, entre los que podemos encontrar a varios Caballeros Veinticuatro desde principios del siglo XVII como Martin González de Guiral. Es de suponer que en esta calleja, que en la actualidad ha adoptado la numeración de la calle Cabezas, debió de existir en algún momento un horno, de lo contrario no tendría sentido su nombre.

Antigua calleja del Horno del Guiral.




4. HORNO DE PORRAS
     Esta pequeña calle une las de Caldereros y Cardenal González. No hay mucha información acerca del origen de su nombre, y Ramírez de Arellano se limita a decir que en el siglo XVII alguien apellidado Porras era propietario de un horno de pan en dicha calle. El nombre aparece en el plano de Karvinski de 1811, aunque está escrito sobre el tramo que corresponde a la calle Caldereros.

Calle Horno de Porras.




5. HORNO DEL CRISTO
     Esta calle del barrio de La Catedral se encuentra entre la plaza de Jerónimo Páez y la calle Rey Heredia. Su nombre hace referencia a la imagen de un cristo que se hallaba hasta 1842 en la fachada de un horno situado en esta calle y que posteriormente fue trasladado a su interior. En el plano de Karvinski de 1811 aparece bajo la denominación calle del Cristo, teniendo después en el plano de Montis de 1851 el nombre que ostenta en la actualidad.

Calle Horno del Cristo.




6. HORNO DEL JABÓN
     En este caso, la calle que llevó tal nombre es la actual Conde y Luque, que baja desde la plaza de la Agrupación de Cofradías hasta la calle Deanes, en el barrio de la Catedral. Parece ser que el origen de esta denominación es una fábrica de jabón que estuvo instalada en una de sus casas. Aunque en el plano de 1811 la calle aparece sin nombre, tanto en el de 1851 de Montis como en el de 1884 de Casañal viene denominada como de los Ángeles, por lo que el topónimo de Horno del Jabón seguramente sea anterior. En el Archivo Municipal de Córdoba hay un expediente de 1531 relativo a la obligatoriedad de fabricar jabón de buena calidad en las "dos almonas", y no solo en una como se estaba haciendo. Quizás una de esas dos almonas, que no eran otra cosa que fábricas de jabón, pudiera ser la de la calle en cuestión.

Calle Conde y Luque.




7. HORNO DE LOS LADRILLOS
     Esta denominación se corresponde con la actual calle San Basilio, en el barrio del mismo nombre aunque también conocido como del Alcázar Viejo, al menos desde 1811, año en que aparece señalada con este nombre en el plano de Karvinski. En el plano de 1851 la denominacion afecta tan solo al primer tramo de la calle, partiendo de la plaza Campo Santo de los Mártires, estando el segundo tramo señalado como calle de Belén. Parece obvio que en esta calle debió haber en su día un horno que se dedicaba a la cocción de ladrillos.

Calle San Basilio.




8. HORNO DE LA TRINIDAD
     Nace en la calle Valladares y desemboca en la plaza de la Trinidad. Tanto Ramírez de Arellano en "Paseos por Córdoba" como Francisco Román Morales en "Las calles de Córdoba" dan por hecho que el nombre de la calle obedece a la existencia en la misma de un horno, aunque el segundo añade que se trataría de uno de pan o tahona. Bajo esta denominación, que es la que mantiene en la actualidad, aparece ya señalada en el plano de 1811.

Calle Horno de la Trinidad.




9. HORNO QUEMADO
     La actual calle Pérez de Castro, que nace en la plaza de Ramón y Cajal y desemboca en la calle Eduardo Dato, aparece dividida en dos en el plano de 1881. El primer tramo, denominado en el mismo como calle de la Marquesa Vieja, iría desde la plaza de Ramón y Cajal hasta el ensanche del que parte la calle Duque de Fernán Núñez (plaza de los Guzmanes en el plano); el segundo tramo, desde este punto hasta la calle Eduardo Dato, está nombrado como calle Empedrada. Tanto Ramírez de Arellano como Román Morales apuntan el dato de que antiguamente se la conoció como calle del Horno Quemado, sin especificar a cual de los dos tramos afectaría tal denominación. El nombre actual de la calle, que está vigente desde 1862,  hace referencia al caballero Alonso Pérez de Castro, que participó en la conquista de la ciudad en 1236.

Calle Pérez de Castro.




10. HORNO DE SAN JUAN
     Esta calle nacía y moría en la actual calle Sevilla, rodeando un edificio en el que se encontraba un horno de pan, y que fue derribado para construir la plaza del Doctor Emilio Luque. La proximidad de esta calle a la parroquia de San Juan, en la plaza del mismo nombre, es la que le dio esta denominación, que aún aparece en planos de Córdoba de 1920.

Plaza del Doctor Emilio Luque.




11. HORNO DEL DUENDE
     Hablamos ahora de la calle Francisco del Rosal, que parte de la de Hermanos López Diéguez y acaba como calleja sin salida tras atravesar la de Manchado. Parece ser que inicialmente el horno y el duende iban cada uno por su lado, ya que en el plano de 1811 la calle Manchado aparece como calle Duende y la de Francisco del Rosal como calle del Hornero. En en plano de 1851 se la denomina Horno de las Imágenes y finalmente en el de 1884 aparece ya como Horno del Duende. Aparentemente las denominaciones iniciales de Duende y Hornero se unieron para designar a la calle de la que estamos hablando y, el pueblo o Ramírez de Arellano, dejaron volar su imaginación para contarnos que el nombre obedece a que cuando el horno se construyó se hizo de tan mala manera que no funcionaba, achacando esta circunstancia a un duende que habitaba la casa. Según expedientes del Archivo Municipal de Córdoba el horno, situado junto con un huerto en la casa número 1, fue vendido por los hermanos José y Francisco Muñoz Gómez a Amadeo Rodríguez en 1883, siendo posteriormente expropiado a este último por el Ayuntamiento en 1894. Cuatro años más tarde, en 1898, el nombre de la calle fue sustituido por el que lleva en la actualidad, en referencia al lingüista cordobés del siglo XVI Francisco del Rosal.

Calle Francisco del Rosal.




12. HORNO DE HOCES
     La actual calle Polichinela une las de Santa María de Gracia y Abejar, en el barrio de San Andrés-San Pablo. Aunque en los planos de 1811 y 1851 se la denomina como Cruz verde, apareciendo con el nombre de Puchinela la calle sin salida que parte de ésta, ya en 1884 la encontramos bajo este último topónimo, que sería una deformación del término Pichelera, según Ramírez de Arellano, y que haría referencia a una mujer que fabricaba picheles, una especie de vasos de metal. La denominación Horno de Hoces vendría dada por uno que aún existía cuando este autor escribió sus "Paseos", y que habría pertenecido a la familia de dicho apellido.

Calle Polichinela.




     Esto es solamente una muestra de las calles que tuvieron o tienen en Córdoba el nombre de un horno. Aún quedan más de las que hablar pero, para no extendernos más por hoy, lo dejaremos para una próxima entrada.


Rafael Expósito Ruiz.





DOCUMENTACIÓN
- Las calles de Córdoba, Francisco Román Morales.
- Paseos por Córoba, Teodomiro Ramírez de Arellano.

FOTOGRAFÍAS
- Realizadas por el autor.

martes, 16 de marzo de 2021

La Cuesta de Luján

     No es fácil conocer la fecha exacta en que una calle comenzó a existir. A unas pocas se les puede suponer porque han mantenido el trazado, en mayor o menor medida, desde los tiempos en que romanos y árabes vivieron en Córdoba, pero no es así en la mayoría de los casos. Por desgracia no se conocen callejeros de Córdoba anteriores a 1811, año en que el Ingeniero de Minas Barón de Karvinski y el Ingenierio de Puentes y Calzadas Joaquín Rillo confeccionaron el vulgarmente conocido como "Plano de los Franceses". Sin embargo hay casos, como el que voy a tratar hoy, en que la fecha está inscrita en una placa y colocada en la parte alta de la calle en cuestión: se trata de la Cuesta de Luján.


IMAGEN 1. Vista de la Cuesta de Luján en la actualidad.




IMAGEN 2. Cuesta de Luján en el Plano de los Franceses.
     Hay que retroceder hasta la primera mitad del siglo XVI para encontrar el origen de una calle que comenzó siendo terriza para adquirir, tras sucesivas reformas, el aspecto que presenta en la actualidad. En el tramo de muralla que iba desde la Cruz del Rastro hasta el final de Diario de Córdoba tan solo existían dos accesos: la Puerta de la Pescadería o Piscatoria, que estaba situada a la salida de la actual calle Caldereros, y el Arco del Portillo que, pese a la dejadez que hasta hace poco ha sufrido, se mantiene en pie. Era necesario añadir un nuevo paso que conectara la Medina y la Axerquía y, a finales de abril de 1531, se abrió esta cuesta, aunque la obra no se concluiría hasta el año 1537. Así lo refleja la placa conmemorativa a la que me referí más arriba y que hoy día podemos aún leer, con la dificultad claro está de que se encuentra escrita en castellano antiguo. Según la misma, el artífice de finalizar esta nueva vía de comunicación entre las dos zonas de la ciudad fue Hernán Pérez de Luján, Corregidor de Córdoba además de Comendador De Aguilarejo y Caballero de la Orden de Santiago. Bajo esta última condición tuvo que hacer frente a una multa de seis ducados, 2.250 maravedís, por incumplir algunas normas de la Orden, como eran no haber tenido un año licencia para poseer bienes, no haberla solicitado para confesarse y por haber arrendado su encomienda sin licencia. Era hijo de Pedro de Luján e Inés de Ayala y, al igual que su padre, destacó en la milicia, especialmente en las guerras de Italia. Cuando digo que Pérez de Luján finalizó la obra es porque en 1531 aún no ostentaba el cargo de Corregidor, del que tomó posesión el 5 de mayo de 1535, según consta en las Actas Capitulares de ese año custodiadas en el Archivo Municipal de Córdoba. He de decir que este último dato lo he encontrado en un comentario que Manuel Villegas Ruiz, especialista en historia cordobesa del siglo XVI, hizo a la entrada que nuestro bloguero Paco Muñoz dedicó a la Cuesta de Luján; posteriormente, y gracias a la amabilidad de Eva María Herrero Vizuete, he podido tener acceso a dichas Actas.

IMAGEN 3. Placa conmemorativa.
     La calle no tomó el nombre del Corregidor en un principio, esto es algo que ocurriría más adelante. En el plano de 1811 no se hace referencia a su denominación ni al portillo que habría existido al final de la misma. En el libro Las Calles de Córdoba, de Francisco Román Morales, se apuntan denominaciones como "Nueva", "de los Gabachos" y "Nueva de los Franceses".  Estas dos últimas denominaciones, según Cordobapedia, harían referencia a comercios dedicados a reparar paraguas y abanicos, industrias implantadas inicialmente por unos franceses, y que de ahí vendría el sobrenombre de "Gabachos" con el que la gente de a pie la conocía. Existe un expediente de 1772 en el Archivo Municipal de Córdoba que corrobora esta última denominación. Por otro lado, en un artículo del Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos publicado el 12 de junio de 1866, y que trata sobre la celebración del Corpus Christi en 1636, podemos leer lo siguiente: [...] las tiendas de caldereria estaban en la Calle Nueva, hoy cuesta de Lujan, de donde le vino á esta el nombre de los Gabachos con que nuestro pueblo ha designado siempre á los naturales de Francia [...]. Por su parte, Teodomiro Ramírez de Arellano apunta en Paseos por Córdoba que el nombre obedecía a unos franceses que se establecieron en ella y que se dedicaban a trabajar el cobre.

IMAGEN 4. Publicidad de la farmacia del doctor Avilés.
     Independientemente de si se trataba de abanicos o calderos de cobre, no eran estos los únicos comercios que existieron en la Cuesta de Luján. Cuando Ramírez de Arellano escribió su obra, se podían adquirir las reconocidas píldoras purgativas del señor Dehaut o el milagroso ungüento Holloway en la farmacia, abierta en el número 2 por Francisco Avilés Cano y que, en esos días, tras haberla regentado durante un tiempo su viuda, estaba dirigida por el hijo de ambos. José Guijarro, alias El Granadino, tenía su zapatería en el número 7 y, en el número 1, se encontraba la platería de José Crespo Merino; Pedro Soler vendía abanicos de gran tamaño, conocidos vulgarmente por "pericones" mientras José Flores atendía su peluquería en el número 3. Como se puede observar por el número de establecimientos, la Cuesta de Luján era una calle viva y no solamente una calle de paso; junto a Ambrosio de Morales, Librería y Letrados, era una de las de mayor tránsito de la población, al menos durante el día. Continuamente aparecían noticias en la prensa escrita cordobesa avisando de la necesidad de dotar de más alumbrado a la calle con algún que otro farol de los nuevos que se estaban construyendo y colocando en otras zonas de la ciudad. Además, durante la época de lluvias, la cuesta resultaba impracticable y un peligro para la seguridad de los viandantes, por lo que en 1851 se tuvieron que picar las aceras para evitar resbalones.

IMAGEN 5. Trazado de la calle en 1884.
     Diez años después, el día 4 de noviembre de 1861, se comenzó a embaldosar la calle con losas de granito y, aunque en un principio se había resuelto hacerlo en todo el ancho de la misma, finalmente solo se colocaron las aceras y se empedró la parte central. Un mes más tarde, y terminado el embaldosado, se colocó el ansiado farol  en el centro de la calle, con lo que quedó perfectamente iluminada y transitable tanto de día como de noche.
     Otra nueva mejora llegó en 1869 con la colocación de las tuberías para el alumbrado de gas, como ya se había hecho en las calles Ayuntamiento, Librería y San Fernando, aunque transitar por la cuesta continuaba siendo un peligro, incluso después del embaldosado. En mayo de 1872 apareció en la prensa la noticia de que la calle iba a ser entoldada en su totalidad, aunque no sé si llegó a llevarse a cabo o fue una medida temporal, puesto que en 1876 volvió a aparecer otra noticia en la que se decía que era probable que se colocaran toldos en la parte superior de la cuesta. Ese mismo año hubo que picar las nuevas aceras y arreglar la zona empedrada. Esta operación hubo que repetirla nuevamente en 1884. 

IMAGEN 6. Obras de 1927.
     Ya en pleno siglo XX se acometió la reforma más importante desde que la calle se abrió al tránsito y la que le dio a la Cuesta de Luján el aspecto que hoy podemos apreciar. En la primera mitad de 1927 comenzaron las obras, aunque estuvieron paralizadas varios meses por diferencias entre el arquitecto y el contratista, con el consiguiente malestar de vecinos y comerciantes. Una vez salvadas dichas diferencias, y tras una visita de algunos periodistas al alcalde para hacerle llegar las quejas vecinales, la obra se reanudó y finalmente en octubre de ese año la nueva y remodelada Cuesta de Luján estaba lista. Lo que hasta ese momento había sido una rampa resbaladiza desapareció con la construcción de diecinueve escalones, adornados con figuras romboidales hechas a base de chinos y, aunque ni entonces ni ahora han sido nunca demasiado cómodos para bajar o subir por ellos, al menos facilitaban los desplazamientos a través de la calle y evitaban alguna que otra caída. Al mismo tiempo se construyeron a los laterales unas gradas o poyetes sobre los que se colocaron maceteros adornados con diferentes plantas, muy golosos al parecer puesto que tan solo un mes más tarde se multó a Antonio Lucena León, vecino del pueblo de Baena, por haber robado uno de ellos. El arreglo de la calle no fue totalmente costeado por el Ayuntamiento ya que, el 9 de junio de 1828, se aprobó una contribución especial que ascendía al treinta por ciento del coste total, que sería impuesta a todos los propietarios que habían resultado beneficiados por la obra.

IMAGEN 7. Vista en la segunda mitad del siglo XX.
     Los primeros años del siglo XX trajeron nuevos negocios a la calle que acompañarían a los ya existentes. Francisco Avilés Merino aún seguía despachando remedios de lo más variopinto en la farmacia que había establecido su padre más de sesenta años atrás, aunque no fue por mucho tiempo pues falleció en junio de 1910. En el Almanaque del Obispado de Córdoba de 1901 aparecen el establecimiento de venta de calzado de Matilde Doblas Piédrola,  en el número 7, otro en el que se podían adquirir todo tipo de velas,  de Eduardo Álvarez de los Ángeles, y un tercero regentado por Manuel Porcal dedicado a paraguas y bastones.
     Más tarde fueron llegando establecimientos como la sastrería de Silvio Bonilla, la imprenta Ideal, Deportes Romero, el establecimiento de aparatos y material eléctrico Casa Guzmán, la carbonería y piconería Hipólito o la zapatería La Veloz. Esta última, que es el único negocio de aquel tiempo que aún perdura en la Cuesta de Luján, la abrió Rafael Trujillo Cañero el 13 de junio de 1959 en la esquina de la casa que actualmente ostenta el número 6, en la zona alta de la cuesta. Los menos jóvenes recordarán también la imprenta Muñoz y a un tal Mariano que ejercía allí su profesión de practicante. Los que no conocimos la calle en esa época por la edad, tenemos que recurrir a la memoria de nuestros mayores o a los documentos antiguos. Con respecto a estos últimos he conseguido localizar en el Archivo Municipal de Córdoba dos expedientes del año 1970 relativos a licencias de apertura: el primero de ellos, a nombre de Gerardo Checa Alamillo, hace referencia a un establecimiento de retales y saldos; un segundo expediente aparece a nombre de Francisco García González para la apertura de un negocio de conservación de helados con despacho.

IMAGEN 8. Cuesta de Luján en 1988.
     A finales de los años 80 el Casco Histórico de Córdoba presentaba un aspecto lamentable, lejos de la imagen que debiera tener una ciudad con tanta historia como la nuestra. Como se podía leer en el monográfico del Pregonero de enero de 1989, en un artículo firmado por Juan A. García Molina:
     "Para aquellos que desde hace algún tiempo no pasean por nuestro Casco Histórico la vuelta a éste les puede resultar desagradablemente sorprendente: zonas con una total pérdida de su identidad, construcciones pseudotradicionales, abandono consentido de una parte importante del parque inmobiliario, ruinas, solares... [...]  No puede extrañar así que alguna de nuestras calles más tradicionales, caso de Gutiérrez de los Ríos, den la impresión de haberse visto sometidas a un intenso bombardeo." 

IMAGEN 9. La calle en 1997.
     En esta lamentable situación estaba incluida la Cuesta de Luján. Los maceteros que durante tantos años habían adornado sus laterales ya no estaban, y la desidia de propietarios e instituciones hacía que  fachadas como la de la casa número 2, en la que aún se podían ver los restos del letrero de la antigua peluquería de señoras, presentaran un aspecto deplorable (Imagen 8). Posteriormente, en 1990,  tanto esta casa como la correspondiente al número 4 fueron incluidas en un plan de ayudas para mantenimiento y rehabilitación de la empresa Viviendas Municipales de Córdoba, S.A. (VIMCORSA). Sin embargo la ruina se había extendido a la casa contigua, que en 1997 aparecía apuntalada contra las fachadas de las casas del otro lado de la calle, obligando a que la zapatería La Veloz tuviera que trasladarse al local donde anteriormente se situó Deportes Romero, negocio que a su vez se había trasladado al número 4 como se puede apreciar en la fotografía 8.
     Como dije anteriormente, en la actualidad únicamente subsisten en la Cuesta de Luján la zapatería, regentada por Manuel Porras Montero, yerno de su fundador, y el establecimiento Element's, del mismo propietario que La Veloz y en el que se realizan copias de llaves y teñido de pieles entre otras cosas, aunque por las circunstancias en las que nos encontramos no está en funcionamiento. La casa en ruinas de la esquina acabó siendo derribada y en su lugar se levantó una nueva en 2003, según la información del Catastro, aunque los maceteros siguen sin adornar una calle que ha perdido la vida y el ajetreo que tuvo desde que se abrió.


Rafael Expósito Ruiz.





DOCUMENTACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA
- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica
- Expedientes del ARCHIVO MUNICIPAL DE CÓRDOBA
- Las calles de Córdoba, 2005. Francisco Román Morales

IMÁGENES
- Imágenes 1 y 3: realizadas por el autor.
- Imagen 2: Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba.
- Imagen 4: Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
- Imágenes 5, 6 y 8: Archivo Municipal de Córdoba.
- Imágenes 7 y 9: Fotografías extraidas del grupo de Facebook Córdoba Antigua.


martes, 9 de marzo de 2021

Las golondrinas de la Catedral

     Escribir una entrada para este o para cualquier blog lleva su tiempo. Es necesario consultar bastante información, la cual no suele aparecer en la primera búsqueda que uno realiza en los diversos archivos y bibliotecas, y contrastar, en la medida de lo posible, todos los datos que se van recopilando, amén de localizar imágenes para ilustrar las entradas o patearse Córdoba para hacer uno mismo las fotografías en su caso. Tampoco se dispone a veces de las horas necesarias para dedicarle al blog y en ocasiones sucede que pueden pasar varios meses hasta que logras publicar la entrada (tengo una que comencé a escribir a finales de diciembre y que no sé cuando la terminaré). No soy un bloguero excesivamente prolífico pero me gusta ofrecer a mis lectores al menos tres o cuatro historias al mes, por lo que de vez en cuando os encontraréis lo que yo llamo "historias-aperitivo" mientras llega el plato principal. Esta entrada o más bien entrante, siguiendo con el símil culinario, es una de ellas.


Imagen 1.
     Hace un tiempo descubrí el libro Anales eclesiásticos y civiles de la ciudad de Córdoba, escrito por el capellán de la Catedral José Antonio Moreno Marín Velasquez de los Reyes y publicado en 1884. En él, y según el editor, se consignan «multitud de noticias, arregladas; por órden numérico, desde la reconquista de Córdoba hasta el año 1619, ó sea una cronología de cerca de cuatro siglos, sacada de multitud de documentos que en su mayor parte ha desaparecido víctimas de la inércia de quienes debieran conservarlos». No es una obra muy amena, el título ya lo deja bien claro, y básicamente se dedica a enumerar, a veces de manera más historiada y otras casi telegráficamente, óbitos y nacimientos de personajes ilustres, fundaciones de conventos y las visitas de los sucesivos reyes a nuestra tierra, pero viene muy bien para localizar la fecha de ciertos acontecimientos relacionados con nuestra ciudad.
     No obstante encontré entre sus páginas la escueta narración de un suceso, tan curioso e inverosímil, que no me resisto a compartirlo. La historia es la siguiente:


Imagen 2.
    Corría el año 1286. Habían pasado casi cincuenta años desde que la Mezquita de Córdoba fuera consagrada como Catedral y Lope de Fitero se convirtiera en el primer obispo de la nueva diócesis. Los fieles acudían religiosamente a escuchar la misa diaria, aunque había algo que enturbiaba la celebración de los oficios divinos por parte de los sacerdotes: una muchedumbre de golondrinas había tomado por costumbre anidar dentro del edificio. Sus continuos y molestos cantos perturbaban la paz de religiosos y feligreses, y el suelo de la Catedral y sus altares acababan cubiertos por los excrementos y todo aquello que las aves traían para fabricar sus nidos. Los sacerdotes se afanaban en derribarlos, pero cuando un nido caía, uno nuevo aparecía en cualquier otro rincón, y la iglesia era demasiado grande para eliminar el problema por completo. 

     En vista de que el sistema de acoso y derribo no resultaba efectivo, decidieron poner fin a todos los inconvenientes que las golondrinas generaban de una manera más legal. Se dictó un auto de procesamiento contra las invasoras aladas e incluso se designó a la parte que se encargaría de la defensa de estas. Acabado el proceso se dictó sentencia, que no era otra que la expulsión inmediata de las acusadas. Desde el momento en que se leyó la sentencia, con la que seguramente las aves no estaban de acuerdo pero que acataron sin problema, jamás se las volvió a ver en el interior de la Catedral.


     Si inverosímil es la narración, como ya dije al principio, no lo es menos el hecho de que la dieran por válida autores como Don Francisco Torreblanca en su libro Iuris Spiritualis, el Padre Carrillo en Magia natural, el Padre Agustín de Herrera en Origen y progreso en la Iglesia Catholica de los ritos i ceremonias del sacro-santo sacrificio de la Missa o el Padre Martin de Roa en Flos Santorum. Además encontramos relatados varios casos parecidos en el Teatro de la Santa Iglesia de Coria y en el Teatro de la Santa Iglesia de Oviedo, ambos  de Gil González Dávila. Pero en fin, si se pueden creer historias protagonizadas por una paloma, ¿por qué no hacerlo con las de las golondrinas?


Rafael Expósito Ruiz.





BIBLIOGRAFÍA
- Moreno Marín Velasquez de los Reyes, José Antonio. Anales eclesiásticos y civiles de la ciudad de Córdoba, 1884.

IMÁGENES
- Imagen 1: Portada interior de la obra citada.
- Imagen 2: Crucero del altar mayor de la Catedral. Tomás Molina, 1880. FOK 0081-014F14, Archivo Municipal de Córdoba.

martes, 2 de marzo de 2021

Pacheco: el bandido que intentó ser revolucionario.

     "[...] Quintín sintió que le desataban la venda, y se encontró en un patio delante de un hombrecito pálido y rubio, con un ademán decidido y un calañés en la cabeza [...] El hombrecillo mandó traer al tabernero dos vasos de vino blanco, y mientras llegaba, Quintín lo observó atentamente. Era un tipo rubio, pálido, con los ojos azules y las manos finas, blancas y bien cuidadas [...]"


     De esta manera describía Pio Baroja a José Tirado, más conocido por Pacheco, en su obra La Feria de los discretos. Ambientada en Córdoba y publicada en 1905, en ella se relata el encuentro ficticio entre el protagonista de la novela y el famoso bandolero, en los alrededores de la plaza del Potro, concretamente en la taberna El Cuervo. Reconozco que no había oído hablar antes de este peculiar personaje de nuestra historia; sin embargo, fue tan popular en su época como para que periódicos de muchos puntos de España reflejaran sus andanzas y fechorías, realizadas mayoritariamente en pueblos de las campiñas de cordobesa y sevillana.


IMAGEN 1. José Tirado "Pacheco".
     José Tirado era un zapatero nacido en la ciudad de Écija, en la provincia de Sevilla, y quizás hubiese acabado sus días ejerciendo esta profesión de no ser por una discusión con un compañero al que acusaba de haberle robado su mejor gallo de pelea, a la que Pacheco puso fin atravesando de una puñalada el pecho de su oponente. Huido de la justicia acabó recalando en Córdoba y comenzó una vida de asaltos y pillajes que le llevaría a provocar miedo y admiración a partes iguales entre las clases más populares y algunos miembros de la alta sociedad, y que finalmente terminó con su cuerpo en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud.

     Buena parte del mérito del nacimiento de su leyenda, además del boca a boca, la tiene la cobertura mediática que los periódicos de la época dieron a las andanzas de Pacheco. Durante los cuatro últimos años de su carrera delictiva, y por ende de su vida, no había un solo mes en el que no saliesen dos o tres noticias relacionadas con él de los rotativos españoles. La primera de la que tengo constancia apareció el 14 de agosto de 1865 en el diario madrileño La Correspondencia de España: diario universal de noticias, en el que se hacían eco de una noticia aparecida en un periódico sevillano que decía lo siguiente:

     "Otro nuevo héroe, el bandido Pacheco, ha aparecido en campaña, produciendo un gran terror en los sitios donde se presenta: este hombre que es pequeño en estatura, es grande en el estraordinario arrojo y desfachatez que tiene: se atreve hasta á imponer contribuciones, segun dicen algunas personas, habiéndose escapado hasta aquí de la persecucion que con mucha constancia se le hace, por la estraordinaria ligereza y astucia que posee. Hace pocos dias que presentándose en una barberia situada en la plaza de Fuentes de Andalucia, algo tarde, abrió la puerta preguntando por un caballero, no queriendo entrar á la invitacion que para ello se le hizo, pero siendo conocido por uno de los alcaldes que allí estaba, como tambien por el comandante de la partida rural, salieron en su persecucion y yendo el referido comandante por una calle para cortar la retirada al famoso bandido, disparóle aquel un tiro hiriendo al criminal en una pierna, pero el célebre Pacheco teniendo una muy buena punteria, envió una bala al vientre del desgraciado comandante, sucumbiendo á las pocas horas, y dejando á cuatro hijos pequeños en la orfandad."

IMAGEN 2. Calle Mayor de Santa Marina.
     Al día siguiente, un corta y pega de la misma noticia apareció en el Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos, periódico que desde esta fecha hasta la muerte del bandido le dedicó alrededor de cincuenta entradas en sus páginas. Como se puede ver, los calificativos que le dedican a Pacheco tienden más a la alabanza de sus virtudes que a criminalizar sus actos, olvidándose de que entre estos se cuentan ya al menos dos asesinatos, tres si es cierto el dato que Pío Baroja aporta en su libro de que, tras el ocurrido en un corral de peleas de gallos, acabó con la vida de un sargento de la Guardia Civil que había salido en su persecución. Lo que parece cierto es que ya para estas fechas el bandido era sobradamente conocido por las fuerzas de seguridad. Poblaciones como La Carlota, Fuente Palmera, Écija, Puente Genil, Alcalá de Guadaira, Montoro o la mencionada Fuentes de Andalucía, además de las capitales cordobesa y sevillana, sufrieron las visitas de este personaje en innumerables ocasiones. A estas últimas parece ser que solía acudir disfrazado cuando visitaba a alguno de sus amoríos, para no levantar sospechas, o para echar unas charlas y unos vinos en compañía de algunos de sus ilustres amigos, entre los que se encontraban los toreros Manuel Fuentes "Bocanegra" y Rafael Molina "Lagartijo", y con los que departía en tabernas como la de El Cuervo, mencionada en La Feria de los Discretos, o La Cosaria, que se encontraba en la calle Mayor de Santa Marina.

IMAGEN 3. Fotografía y armas de Pacheco.
     Se le ha retratado como un hombre que actuaba en solitario, y en más de una ocasión tuvo que enfrentarse con miembros de la Guardia Civil o la Guardia Rural sin más ayuda que sus armas y su caballo. De hecho, el Diario de Córdoba aseguraba en enero de 1867 que nunca había tenido cuadrilla, si bien es cierto que en otras ocasiones, tanto este periódico como otros, habían mencionado a sus compañeros de fechorías. A este respecto publicó el citado diario las siguientes noticias, los días 15 y 23 de noviembre de 1865 respectivamente:

     "Dias pasados estuvo la Guardia civil para dar alcance á Pacheco y sus secuaces cerca de la hacienda de Moratalla. Parece que les cogieron algunas caballerias y los comestibles. Se les sigue la pista sin descanso."

     "En carta particular que recibimos hoy de Bélmez, fecha del 19, se nos dice que en aquel término hay una cuadrilla de doce hombres á caballo, cuyo jefe es un tal Pacheco, que en aquel dia quitó la correspondencia pública al conductor del correo que iba á aquella villa y que le dió de palos. El suceso, se añade, tuvo lugar en el puerto Gregorio, entre Villanueva del Rey y Espiel. Llamamos sobre este hecho la atencion de quien corresponda."

     Puede ser que no capitaneara una cuadrilla estable como tal y que ocasionalmente se aliase con otros dependiendo de la dificultad del asalto que pretendiera perpetrar, o que sí la tuviera y sin embargo le gustara hacer "trabajos" en solitario, en todo caso han trascendido los nombres de algunos de los que fueron compañeros suyos de fatigas, como fueron Francisco de Aire, Francisco Granados, José Nadales Villalón "Lancha" o Antonio González Pérez "Miguis". Este último fue abatido por la Guardia Civil en septiembre de 1867 cuando acudía a recoger 5.000 reales que había exigido, en nombre de Pacheco, a D. José Romero, dueño del cortijo del Aguaducho. También a la cuadrilla pertenecería su propio hermano, Pablo Tirado, al que se le presenta en ocasiones como su lugarteniente, como aparece reflejado en algunas noticias de prensa en las que se habla de "los hermanos Pacheco". En la prensa se especulaba con que el grupo tendría uno de sus escondrijos en una cueva de Posadas, en la que en noviembre de 1865 fueron encontrados dos hombres maniatados y con los ojos vendados, y por los que el bandido y sus compañeros habrían pedido rescate.

IMAGEN 4. Periódicos de la época.
     La fama del salteador seguía en aumento y, mientras en Córdoba y Écija se instruían procesos criminales contra él y se dictaban edictos exigiendo su entrega, periódicos de Sevilla, Madrid, Santander, Badajoz, Menorca, Pamplona, Gijón o Murcia seguían narrando sus andanzas, sin olvidarnos obviamente del Diario de Córdoba, principal soporte de las noticias que hablaban sobre Pacheco, y que además de alabar sus capacidades y destreza a la hora de escapar de las manos de la justicia, le dedicaba alguna que otra coplilla, al igual que hizo en alguna ocasión la revista madrileña Gil Blas, publicación satírica que también lo incluía como personaje de una de sus historietas:

     "[...] Don Lorenzo, además, se cree un hombre de pelo en pecho, y esta alta idea que tiene de su valor, motivaba su viaje; porque habiendo sabido que Pacheco, el célebre bandido andaluz, proyectaba dar un golpe de mano en un cortijo de Utrera, llamado de San Lorenzo, perteneciente á una hermana del valeroso enano, éste se puso inmediatamente en camino, esperando que su presencia en la posesion amenazada impusiera á los ladrones más que la Guardia civil [...]"

     Hoy en día es fácil acceder a imágenes de prácticamente cualquiera, pero en la segunda mitad del siglo XIX no era fácil conocer el aspecto físico de una persona a menos que la hubieses visto al menos en alguna ocasión, y esto dio lugar a que se le atribuyeran a Pacheco crímenes que no había cometido. El 14 de diciembre de 1865 , un hombre armado asesinó al hijo del Sr. Núñez en el cortijo de Fuente del Pez, en Peñaflor: tras preguntarle si era el hijo del dueño le disparó con una escopeta, marchándose después y contando lo que acababa de hacer a tres hombres con los que se cruzó, para que éstos le dijesen al padre del muchacho que había sido un aviso para que en adelante pagase el dinero que le exigía. Durante los siguientes días, periódicos madrileños, sevillanos y cordobeses le "colgaron" el asesinato a Pacheco, sin embargo el día 20 del mismo mes la Guardia Civil de Posadas capturó a  Francisco Granados, reconocido días más tarde por cuatro testigos, y que llevaba encima al parecer pertenencias del joven asesinado.
     En los siguientes años también se le dio por apresado en alguna ocasión y hasta se le confundió con otros bandidos. Además, aprovechando que la sola mención de su nombre hacía temblar a más de uno, surgieron una serie de imitadores que pretendían sacar provecho de tal circunstancia: en julio de 1868 se detuvo a un individuo de Fuente Palmera que había estado mandando anónimos firmados como Pacheco a ciertos vecinos de Posadas en los que les exigía dinero. Otro tanto sucedió un par de meses después en Adamuz con otro extorsionador que intentaba hacerse pasar por el famoso bandido, y que había amenazado al dueño de un cortijo de Bujalance con incendiar su propiedad si no le entregaba la cantidad de cuatro mil quinientos reales.
     Durante sus últimos años de fechorías, la presión ejercida por las fuerzas del orden iba en aumento, y la fama de la que seguramente se sentía orgulloso jugaba también en su contra. Cada vez era más conocido y resultaba más difícil pasar inadvertido. Muchas veces estuvo a punto de ser capturado, escapando milagrosamente al final, y en alguna ocasión resultó herido en sus enfrentamientos con la Guardia Civil. Puede que todo esto llevase a Pacheco a solicitar el indulto a la reina Isabel II en octubre de 1866, y a acudir un año más tarde a sus contactos influyentes en Córdoba y Sevilla para que intercediesen por él en busca del perdón real. No parecía, sin embargo, que se hubiese reformado ni que estuviese arrepentido, puesto que entre petición y petición continuaba con sus atracos. El indulto nunca llegó, aunque él lo intentaría una última vez.

IMAGEN 5. Palacio de los Duques de Hornachuelos, a la izquierda.
     La mañana del 21 de Septiembre de 1868, junto con sus compañeros de cuadrilla, Pacheco se dedicó a recorrer las calles de Córdoba montado en su yegua. La gente los seguía lanzando proclamas a favor de la República y al grito de: ¡Viva el general Pacheco! hasta que llegaron a la plaza de la Trinidad, donde se detuvieron ante la casa-palacio de José Ramón de Hoces y González, duque de Hornachuelos, que acababa de ser nombrado gobernador civil. Días antes se había producido el pronunciamiento liberal que terminaría acabando con Isabel II fuera de España y en Córdoba se preparaba la decisiva batalla de Alcolea, entre las fuerzas sublevadas y los leales a la reina. Pacheco creyó ver en esta situación la salida a sus problemas con la justicia y se ofreció a luchar junto a sus hombres en primera línea, claro está, a cambio del indulto, a través de una carta que entregó a los criados del duque para que se la hicieran llegar. El general sublevado Caballero de Rodas, que acababa de entrar en Córdoba y se alojaba en la casa del duque, pidió referencias a la Guardia Civil y a algunos campesinos sobre aquel personaje al que la muchedumbre vitoreaba y, tras conseguirlas, hizo que lo citasen para el día siguiente a la misma hora. Después dio orden de llamar al mejor tirador de entre los soldados que se encontraban en el cuartel de la Trinidad, encomendándole la misión de abatir a la persona que al día siguiente llegaría portando un sable con la empuñadura adornada con borlas rojas.

IMAGEN 6. Retaco atrabucado español de 1857.
     Al día siguiente Pacheco, que estaba convencido de que el indulto le sería concedido, volvió a aparecer por las calles de Córdoba armado hasta los dientes. Llevaba una escopeta, cuatro revólveres y dos retacos, además de los bolsillos llenos de municiones. Entre vítores y aclamaciones pasaba por la plaza de las Tendillas cuando se le acercó el Cojillo de la barca, un personaje bastante popular en Córdoba en esa época, y que le entregó  el  sable que iba a marcarlo como objetivo a abatir, con la excusa de que era un regalo para que lo llevase a la batalla en Alcolea. Cuando la comitiva llegó a la plaza de la Trinidad, un centinela disparó dos veces contra Pacheco, que cayó muerto en el acto. La muchedumbre que allí se agolpaba huyó en desbandada, atropellándose unos a otros; la mayoría corrió hacia el Campo de la Merced por la puerta de la Trinidad. Ante tal desconcierto las tropas del cuartel, que tenían órdenes de disparar contra los camaradas del bandido, decidieron no hacerlo para no provocar una masacre entre la población. Parece ser que la jaca que montaba Pacheco, que huyó despavorida tras los disparos, era propiedad del torero Bocanegra y, aunque regresó a la vivienda de su propietario, acabó siendo requisada para acabar tirando del carro del servicio de recogida de basuras.

IMAGEN 7. Vista aérea de la Plaza de la Trinidad y del Cuartel.
  Días después comenzaron a circular ciertos rumores: al parecer su hermano Pablo había jurado tomar venganza, e incluso llevarse consigo el cadáver del bandido, además de ir soltando brabuconadas acerca de lo que tenía pensado hacerles a los miembros de la Guardia Civil. No le fue posible llevar a término ninguna de estas fanfarronadas y, después de un año de haber continuado con el "negocio familiar", cayó abatido en un tiroteo con la benemérita gracias a la traición de otro ladrón que ya había sido indultado, Mateo Fernández, quien tuvo la mala suerte de morir también en el tiroteo. Ambos cadáveres fueron trasladados al Hospital de Agudos el 27 de diciembre de 1869.

     Pacheco estaba muerto, pero no así su leyenda, que fue agrandándose y adornándose hasta transformar a José Tirado en un bandolero romántico, una especie de Robin Hood andaluz que robaba a los ricos para repartir entre los pobres, o convertirlo en un personaje de vital importancia en el levantamiento de 1868. Incluso algún individuo quiso mantener vivo el nombre de este bandolero, como es el caso de otro vecino de Écija, Juan Zayas Cano "El Chingue", que se hacía llamar "el tercer Pacheco". No le duró mucho el mote pues en marzo de 1872 resultó muerto en un enfrentamiento con la Guardia Civil cerca de Almodóvar del Río.

IMAGEN 8. Artículo de la revista Crónica.
     De igual manera que se había hablado y escrito de él en vida, se continuó tras su muerte. Como ya dije al principio de esta entrada, Pio Baroja lo convirtió en uno de los personajes de La Feria de los Discretos en 1905. Gracias a esta obra habría sabido Federico García Lorca de la existencia de Pacheco y le habría dedicado, según afirmaba el poeta Pablo García Baena, la Canción del Jinete en 1927. El periodista cordobés Ricardo de Montis le dedicó uno de los artículos que forman sus famosas Notas Cordobesas en 1919. Otro artículo sobre Pacheco apareció en la revista Crónica el 29 de julio de 1934 firmado por Julio Romano, en él aparecían reproducidas las armas y una fotografía retocada del bandido. Para finalizar, he de hablar del más famoso de los pintores que ha dado Córdoba: Julio Romero de Torres. Parece que no hay duda de la tremenda admiración que sentía por la figura de Pacheco, y quiso demostrarlo llamando de igual manera a su galgo negro, al que incluyó en muchas de sus obras pictóricas y con el que, de alguna manera, perpetuaba el recuerdo del célebre bandido, aunque al parecer el nombre de su perro pudiera también hacer referencia al sevillano Francisco Pacheco, maestro del pintor Diego Velázquez. Poseía, además, una pistola y un puñal que habían pertenecido a Pacheco, y una fotografía del mismo realizada por el fotógrafo cordobés José García Córdoba, probablemente en su estudio de la calle del Silencio, la actual Conde de Torres Cabrera. Estos objetos seguramente se encontraban en el estudio de Julio Romero en Córdoba, junto con las demás antigüedades que atesoraba, y fueron trasladados después al que el pintor montó en Madrid, para adornar una de las paredes del mismo.


IMAGEN 9. Estudio de Julio Romero de Torres en Madrid.



     Esta es, con los errores e inexactitudes que haya podido cometer, la historia de este singular bandido. ¿Bandolero romántico? ¿Ladrón y asesino? A medida que pasa el tiempo más lo primero que lo segundo y, como se puede ver, seguimos hablando y escribiendo sobre Pacheco.


Rafael Expósito Ruiz.




AGRADECIMIENTOS
     El hecho de que haya podido incluir en esta entrada las fotografías de José Tirado "Pacheco" y del estudio de Julio Romero de Torres en Madrid, en las que aparecen tanto la fotografía citada como las armas que pertenecieron al bandido, se debe  a la inestimable ayuda que desde el Archivo Histórico Provincial de Córdoba he recibido por parte de Ana Chacón y M.ª del Mar Ibáñez, así como de su directora Alicia Córdoba.





DOCUMENTACIÓN
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, 1865-1872.
La Feria de los discretos, 1905. Pío Baroja.
Notas Cordobesas, 1919. Ricardo de Montis.
Lagartijo, Bocanegra, Pacheco... Francisco Bravo Antibón, escaleradelexito.com.
El picador "Matacan", "Bocanegra" y el bandido "Pacheco". Rafael Sánchez González, plazadelalagunilla.blogspot.com.

IMÁGENES
Imágenes 1, 3 y 9: Fotografías custodiadas en el Archivo Histórico Provincial de Córdoba.
Imágenes 2 y 5: Fotografías del Archivo Municipal de Córdoba.
Imagen 4: Montaje realizado a partir de cabeceras de periódicos de época, extraidos de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
Imagen 6: Catawiki.es.
Imagen 7: Google Maps.
Imagen 8: Artículo aparecido en el número 245 de la revista Crónica, 29-07-1934. Biblioteca Digital Hispánica.