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viernes, 20 de marzo de 2026

EL POCITO DE LA FUENSANTA

     Supongo que buena parte de las cordobesas y cordobeses conocerán la curiosa leyenda del Caimán de la Fuensanta y las peripecias del cojo para acabar con la vida de este reptil que, siendo originario de zonas tropicales del otro lado del "charco", decidió darse un chapuzón en uno de nuestros arroyos. La realidad es que se trata de un animal cazado en Filipinas y traído como exvoto al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta. Pero existe otra leyenda que justifica la construcción de dicho santuario junto al manantial que surtía de agua al conocido pocito. A petición de uno de mis más fieles seguidores, David Morales, os dejo con esa curiosa historia, tal y como la dejó escrita Teodomiro Ramírez de Arellano:


IMAGEN 1. La iglesia de la Fuensanta y la capilla que rodea al pocito.



      En la primera mitad del siglo XV moraba en el barrio de San Lorenzo, junto á la puentezuela, un infeliz cardador de lana llamado Gonzalo García, á quien su escaso jornal no bastaba á sostener á su esposa é hija, la primera paralítica y la segunda demente; por tanto, imposibilitadas de ayudar á contribuir con su trabajo á los gastos de la familia: desesperado con tan triste situación, y no sabiendo qué determinación tomar, salióse un dia por la puerta de Baeza hacia el arroyo de las Peñas ó Piedras, que es el de la Fuensanta, y hacia el sitio que aun se denomina de las Moras, á causa de las muchas silvestres nacidas en aquellos paredones.

     Meditabundo y pensativo iba Gonzalo hacia el mencionado sitio, cuando se le acercaron dos hermosas jóvenes, una en pos de otra, y un gallardo mancebo: la primera le dirigió estas ó parecidas cariñosas palabras: «Gonzalo, toma un vaso de agua de aquella fuente, y con devoción dalo á tu mujer é hija, y tendrán salud.» Suspenso quedó aquel desgraciado, si bien dominándolo la idea de que sus favorecedores serían la Virgen María y los Patronos de Córdoba San Acisclo y Santa Victoria, en cuya idea lo afirmó el gallardo joven, diciéndole: «Haz lo que te manda la Madre de Jesucristo, que yo y
mi hermana Victoria, como Patronos de esta ciudad, lo hemos alcanzado de la Virgen Santísima.» Lleno de gozo y aun mas admirado, volvió ansioso la vista hacia el sitio señalado, donde efectivamente corría el agua, manando de entre las descubiertas raices de un cabrahigo [higuera], que demostrando su antigüedad, cubría con sus ramas parte del paredón de la cercana huerta; mas casi simultáneamente iba á arrojarse á los pies de su celestial bienhechora, cuando esta ya habia desaparecido con los Santos Mártires.


IMAGEN 2. Santuario y pocito en los años 30 del siglo XX.



     Henchido su corazón de gozo y agradecimiento, corrió Gonzalo á una alfarería, cercana á la hoy demolida puerta de Baeza: compró el jarro, y lleno de la salutífera agua, lo llevó á su casa, contando lo ocurrido, y pidiendo con gran fé que con ella viviesen su mujer é hija, logró verlas libres completamente de sus acerbos y ya incurables padecimientos.

     Como no podía menos de suceder, la noticia circuló por toda la ciudad; los enfermos corrieron á beber de la fuente designada, y nuevas curaciones justificaron mas y mas la virtud de sus aguas; mas nadie acertaba á descifrar aquel misterio, descubierto al fin por otra nueva revelación. El jarro comprado por Gonzalo García, y que era de barro vedriado, como color amarillo, se conservó muchos años como una preciosa reliquia, afirmando Enrique Vaca de Alfaro que el dia 6 de Abril de 1671 tuvo en su mano un fragmento que aun quedaba en poder de Juana de Luque, vecina de la calle del Aceituno, de sesenta y siete años de edad, y viuda de Nicolás Muñoz de Toro, descendiente del Gonzalo.


IMAGEN 3. Otra vista de la zona.



     Veinte años habian trascurrido desde aquel portentoso suceso, aun sumido en el mas misterioso secreto: el sitio conocido por la Albaida era la morada de los ermitaños de Córdoba, aun no congregados como en la actualidad, y uno de ellos agoviado por una cruel hidropesía que lo llevaba al sepulcro, se decidió también á beber de las saludables aguas de la santa fuente, y con ellas logró la salud apetecida: lleno de agradecimiento y fe, pedía á Dios y á la Virgen en sus oraciones, que se dignasen aclarar aquel arcano, cuando una noche, la del 8 de Setiembre, oyó cierta voz que satisfizo su ansiosa curiosidad, revelándole que en el tronco de aquel cabrahigo se encerraba una imagen de la Virgen, depositada en un hueco cuando, la persecución de los cristianos, y cuya concavidad había cerrado el trascurso de tantos años. El ermitaño corrió al dia siguiente á presentarse al Obispo de Córdoba D. Sancho de Rojas, y contándole lo ocurrido, éste hizo cortar el árbol, confirmándose las palabras del anacoreta, puesto que fué hallada la imagen que con tanta devoción veneramos. Es de barro, y tiene en la espalda unas letras muy gastadas, al parecer góticas.


IMAGEN 4. El pocito dentro de su capilla.



     Si el mas insignificante acontecimiento atrae tantos curiosos al lugar en que ocurre, figurémosnos un momento qué no sucedería en semejantes tiempos, cuando los sentimientos religiosos eran tan puros en las personas ilustradas, y el pueblo ignorante estaba subyugado por el mas exagerado fanatismo. Al dia siguiente de la revelación, cortóse el árbol, y encontrado tan estimable objeto, divulgóse la noticia con la velocidad del rayo, acudiendo casi en su totalidad el vecindario de Córdoba con el clero, autoridades y demás corporaciones, formando todos una procesión que en medio de una alegría indescriptible, aumentada por el repique de tantas campanas como entonces habia, y del disparo de cohetes y arcabuces, llegó con la imagen al Sagrario antiguo de la Catedral, hoy capilla de la Cena, donde la depositaron, hasta que se edificó en el sitio del cabrahigo el primer humilladero, costeado por el Obispo D. Sancho de Rojas.

     Y hasta aquí la leyenda. Ramírez de Arellano continúa después ofreciendo datos acerca de las posibles fechas en que habrían ocurrido los hechos o sobre la posterior construcción del humilladero junto al pozo, además del santuario y la iglesia, pero tampoco es cuestión de reproducir completos los "Paseos por Córdoba" aquí y si queréis los tenéis disponibles en biblioteca.cordoba.es. 


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Paseos por Córdoba: ó sean, apuntes para su historia, 1873-77. Teodomiro Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Imágenes 1 y 4: Fotografías tomadas por el autor.
- Imágenes 2 y 3: Archivo Municipal de Córdoba.

sábado, 28 de febrero de 2026

EL POZO DE LAS VÍRGENES

     En 1865, el Ayuntamiento de Córdoba compró lo que en su día fue el convento de Nuestra Señora de las Huertas y de la Victoria con el fin de «derribarlo y ensanchar el real de la feria y ampliar los magníficos horizontes del paseo de la Victoria y de las afueras de toda aquella parte de la ciudad». El derribo se llevó a cabo al año siguiente y parte de sus materiales se aprovecharon para los nuevos jardines de la Agricultura. De este convento extramuros no sólo queda su recuerdo en el nombre del Paseo de la Victoria, y algunas de sus imágenes en la iglesia de San Nicolás de la Villa, sino una leyenda surgida entre sus muros siglos atrás.


IMAGEN 1. Córdoba en 1567.



     El relato lo podemos encontrar en la obra "Cuentos y Tradiciones" de Rafael Ramírez de Arellano, al igual que la que compartí la última semana sobre "El mármol del diablo". Tras una introducción en la que el autor nos habla sobre la historia del convento y nos describe su iglesia como la vio él de pequeño, sigue una narración es la que se entremezclan los sucesos ocurridos en torno a la revuelta del arrabal de Saqunda con otros posteriores y bastante fantasiosos:


     La iglesia con sus muros de piedra oscurecidos por la acción del tiempo y sus artesonados, casi negros, debía tener un aspecto medroso despues de mediada una noche del mes de Mayo de 1553 en que recogidos los frailes en sus celdas, despuès de cantar sus rezos de media noche, solo alumbraba el templo la débil luz de una lámpara que ardía ante la imágen de la virgen de las Huertas, adorada en el retablo mayor de la iglesia.
     A tales horas no estaban todos los frailes recogidos, como era reglamentario, sino que, embutido en una de las altas sillas del coro, quedaba rezando devotamente sus oraciones particulares el padre fray Andrés de Santa María, religioso de ejemplares virtudes que, por su piedad y devoción, era tenido como un futuro bienaventurado entre sus hermanos de comunidad.
     Absorto estaba el buen padre en sus meditaciones y rezos, cuando observó que la luz mortesina de la lámpara tomaba incremento, ó tal creyó al ver que el templo se iba poco á poco iluminando. Abrió los ojos de par en par, miró á todos lados y no vió de dónde salía tal resplandor que iba siempre en aumento y llegó á brillar más que el sol radiante de Andalucía en un hermoso día de primavera; y aquella claridad no daba sombras como la luz del sol, sino que iluminaba con igual intensidad los techos y los muros, los pavimentos y los altares.


IMAGEN 2. El convento de la Victoria, a la izquierda.


     A poco rato empezó á oirse una armonía deleitosa, de un ritmo tan delicioso que no la habían escuchado hasta entonces humanos oidos y que se fué acercando paulatinamente hasta oirse dentro del templo sin que se vieran, no obstante, los misteriosos músicos ni los instrumentos que pulsaban y al par que la música, se difundió por el sagrado recinto un perfume tan grato como no lo soñaron jamás los humanos sentidos, y en todo ello, lo mismo en la luz que en los ecos y los perfumes, había un embriagador deleite puramente místico, sin mezcla de mundano placer, pareciendo como que el paraiso se había trasportado al monasterio de la Victoria.
     El asombro del fraile llegó á su colmo cuando desde la barandilla del coro vió que por la puerta de la clausura, que permaneció cerrada, se filtraba una mujer jóven y hermosa, con hábito blanco de religiosa y llevando una cruz procesional que brillaba con inusitado resplandor á pesar de la intensa claridad que lo invadió todo. Detrás de ésta apareció otra reverenda señora con báculo de abadesa y detrás fueron apareciendo hasta diez y ocho monjas portadoras de sendas làmparas moriscas, con sus mechas encendidas. La puerta no se abrió y a través de ella, como si no hubiera existido, pasó aquella extraña procesión que á paso lento y reposado y entonando cánticos llenos de melancólicas adencias, se dirigió al altar donde se prosternaron con devoto recogimiento. En tanto los músicos invisibles entonaron canciones inenarrables y de inviçibles pebeteros, salieron nubes de incienso que envolvieron en girones de niebla la capilla mayor y el retablo.


IMAGEN 3. El antiguo convento junto al primitivo Paseo de la Victoria, en 1811.


     Hidrópicos los ojos de fray Andrés no se saciaban de mirar aquella maravilla y ansiando el fraile acercarse, echó á correr por los claustros altos, bajó á saltos los peldaños de la escalera, llegó á la iglesia y abrió la puerta, que estaba cerrada con llave por la parte del claustro, y, penetrando en el templo, fué á arrojarse de hinojos á los piés de la abadesa, poniendo en tierra la frente y besando el borde del hábito de aquella santa mujer que solo podía ser una escogida de las que se sientan en el cielo á la diestra de Dios.
     La presencia del fraile no impresionó á aquellas mujeres que siguieron sus rezos inalterables y serenas. Cuando terminaron cantaron un himno al Dios de Nazaret y luego se levantó la abadesa, la imitaron las monjas y cesaron los coros invisibles. La abadesa dirigiéndose á fray Andrés, que permanecía postrado ante ella, le dijo: «Alzad fray Andrés y escucharme. El señor está satisfecho de vuestra virtud y en recompensa de ello ha ordenado que viéreis esta fiesta anual para que podais dar testimonio al mundo del poder del Altísimo. Oid, pues, lo que habeis de repetir á vuestro superior fray Diego de Ledesma y que se consignará en las crónicas de vuestra orden para que los que lo lean perseveren en la virtud si son buenos y se conviertan al bien si caminan por un sendero de perdición.
     Nosotros somos vírgenes consagradas al Señor que en tal día como hoy, hace setecientos treinta y nueve años, perecimos en este mismo lugar por conservar nuestra virginidad y nuestro amor al que padeció por la humanidad, siendo Dios y muriendo por redimirnos en afrentoso madero.


IMAGEN 4. El ex convento en 1851.


     En este lugar existió casi desde la muerte de nuestro divino redentor un convento de religiosas. La invasión de los árabes lo respetó como respetó las iglesias y el uso de nuestro divino culto y, aunque pidiendo á Dios constantemente que librara á España del yugo de los mahometanos, vivimos aquí, respetadas y tranquilas, un siglo entero, desde aquel funesto día en que los adoradores del coram vencieron á los adoradores de la cruz en las riberas del Barbate ante los muros de Medina Sidonia.
     En 796 subió al trono Hakam I y su carácter alegre, aficionado á la caza y al vino y poco dispuesto á someterse á los faquies, hizo á éstos emprender una campaña contra el monarca, exitando á la rebelión á los fanáticos bereberes y á los renegados que, en número grandísimo, habitaban el arrabal del Mediodía á la otra parte del río. La primera manifestación de este disgusto, fué un motín en 805, en que apedrearon al sultán y éste tuvo que abrirse paso con la espada entre la multitud. Al año siguiente se sublevó de nuevo la capital mientras Hakam fué á someter á Mérida declarada independiente, y también fué reprimido haciendo decapitar y enclavar á muchos renegados. Esta constante alarma obligó al emir á rodearse de soldados mercenarios y traer para su guarda slavos y negros á quienes la gente llamaba los mudos, porque ni hablaban ni entendían el árabe español y los mudos, amparados por su amo, se hicieron insolentes y lo atropellaban todo sin que fuesen castigados nunca por sus desmanes, más que cuando se aventuraban solos por los arrabales en que el pueblo tomaba la justicia por su mano apaleándolos y matándolos y sin que jamás se pudiera averiguar quiénes fuesen los criminales.
     Como la lucha principal era con los renegados y estos impíos, que habían negado á nuestro divino redentor, eran mirados como mahometanos tibios y hasta como cristianos ocultos, la persecución alcanzaba á los pobres mozárabes, y sin embargo, en los motines de 805 y 806 nuestro convento había sido respetado sin que se nos insultara siquiera y muchos cristianos tímidos, estuvieron refugiados en nuestra iglesia mientras pasaron aquellos días calamitosos, pero llegó el año 814 y con él la gran matanza de Mayo, en que no se perdonó ni á cristianos, ni á renegados, ni nuestra misma iglesia. Estaban los ánimos muy exitados y todo preparado para la rebelión, solo faltaba la chispa que prendiera fuego á aquella inmensa pira. Un día un slavo fué á casa de un armero del arrabal del Mediodía á que le limpiase una espada. El armero le rogó que esperara, el mudo exigió que la limpiara al instante; resistió el armero y el soldado le hundió el arma en el pecho y lo dejó cadáver. Esta fué la chispa que prendió pronto. El pueblo, furioso con aquel nuevo atentado, empezó á gritar que ya era tiempo de acabar con tales soldados y con el tirano sensual que los protegía. El ardor revolucionario se comunicó á todos los arrabales y una multitud inmensa, provista de cuantas armas encontrara á mano, marchó contra el palacio del monarca persiguiendo frenético á los soldados, esclavos y clientes de Hakam que encontraba al paso.


IMAGEN 5. El convento totalmente desaparecido en 1868.


     El sultán estaba solasándose en una de las azoteas de su alcázar cuando vió aquel hirviente mar humano, cuyas olas embravecidas le amenazaban. Para sujetarlas mandó atacar á la caballería, pero los ginetes fueron rechazados y tuvieron que refugiarse tras de los muros del alcázar regio.
     El peligro era inminente; el mismo Hakam llegó á creer que había llegado su última hora; pero permaneció tranquilo. Desde la azotea veía la embravecida multitud que lo apostrofaba y mientras meditaba el plan diabólico que venció la insurrección, llamó á su paje cristiano Jacinto y lo mandó á pedir á una de las mujeres una botella de algalia. Trájola el paje, y el sultán la vertió toda sobre su barba y cabellos, y como Jacinto asombrado le dijese: «Señor, ¿es esta ocasión de perfumes?» le contestó «Si no fuese por ellos, ¿cómo distinguirían mi cabeza entre tantas como pronto se verán cortadas?»
     Después llamó á Hodair, uno de los jefes de la guardia, á quien mandó decapitara a los faquies prisioneros, y bajando de la azotea se armé de pies á cabeza y arengó á los soldados que se reanimaron viendo la tranquilidad y el valor de su amo. Hakam dió sus órdenes, inspiradas por Satanás, á Obaidallah, su primo, quien con varios escuadrones, atacó á la multitud, ganó el puente, y unido á los soldados de la campiña, llamados por señales, incendió el arrabal. Los pobres cordobeses, al ver arder sus casas, corrieron á salvar sus ajuares y sus mujeres é hijos, y entonces Obaidallah los atacó de frente, el propio emir por la espalda, é hicieron en ellos una horribles carnicería. Los cordobeses tiraban las armas y pedían perdón; los mudos ni entendían sus súplicas y los degollaban á centenares. Solo treinta personas de distinción fueron prisioneras y el emir las mandó enclavar en palos con las cabezas para abajo á la orilla del río.
     Veinte y tres mil familias fueron arrojadas del reino; quince mil de ellas fundaron en estado independiente en la isla de Creta; las ocho mil restantes poblaron la ciudad de Fez en Marruecos. Así terminó el motín del arrabal.


IMAGEN 6. La zona en 1884.


     Nosotras, confiadas en que habíamos sido respetadas en los anteriores motines, cerramos nuestra iglesia, y, encendiendo todas las candelas del altar, nos pusimos en oración permanente. Rogamos á Dios que conservara la vida á nuestros hermanos mozárabes y que terminara aquella matanza, que también los islamitas son hijos de Dios y se debe pedir por ellos para que vivan y puedan abrir los ojos á la verdadera fé. Pero el  motín seguía y los mudos no respetaban nada. Confundiendo, en su osadía, á renegados y cristianos, saquearon las casas de éstos y las iglesias y vinieron á atacar nuestra santa morada.
     Primero llamaron, y viendo que permanecíamos silenciosas, se pusieron á derribar las puertas. Con fuertes maderos las golpeaban á manera de ariete, y aunque los cerrojos eran fuertes, las maderas, no pudiendo resistir, saltaban en astillas. Mientras ésto ocurría, nosotras orábamos; cada vez nuestro ruego al Señor era más ferviente y fortificado nuestro espíritu en el Señor, una misma idea cruzó por todos los pensamientos, y la ejecutamos sin hablar palabra, sin mirarnos siquiera. Era más de media noche; cada una llevaba su lámpara encendida, tomamos la cruz y procesionalmente nos dirigimos á la huerta. Cuando entramos en ella se oyó caer derrumbada, con gran estrépito, la puerta del templo. Llegamos á la boca del pozo. Allí se clavó en tierra la sacrosanta cruz; las lámparas fueron colocadas, encendidas, alrededor y nosotras, una á una y yo la última, desaparecimos para siempre en la profundidad del pozo. Cuando los soldados, ébrios de liviandad, llegaron al convento y lo recorrieron todo y no nos encontraron, fueron á la huerta donde aún ardían aquellas lámparas que fueron las antorchas de nuestro desposorio con el Altísimo.
     El Señor nos recibió en su seno, ante El cantamos nuestras alabanzas, y una vez al año, nos permite que vengamos á cantar preces en el mismo lugar donde ocurrió nuestro martirio. ¡Alabado sea su santo nombre!»
     Calló la abadesa, volvieron á resonar en los espacios los cánticos celestiales, la procesión volvió á salir por la puerta del claustro y poco á poco se fueron perdiendo las armonías religiosas, los perfumes exquisitos y los resplandores paradisiacos, quedando la iglesia de nuevo oscura y solitaria, alumbrada débilmente por la mortecina luz de la lámpara que ante el retablo ardía. Cuando amaneció, los frailes encontraron á fray Andrés de Santa María desmayado sobre las gradas del presbiterio.

. . . . . . . . . . . . . .

     En el siglo XVII, F. Antonio de los Reyes, que murió en opinión de santo, aseguró haber visto la extraña procesión. El pozo sirve hoy con una noria para el riego del jardín llamado Camila; la iglesia y el convento no existen. No sabemos en estos tiempos dónde celebran sus aniversarios las vírgenes del pozo.


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Imagen 1: Sección de la "Vista de Córdoba", realizada en 1567 por Anton van der Wyngaerde.
- Imagen 2: Sección de "Córdoba en 1860". Alfred Guesdon.
- Imagen 3: Sección del "Plano topográphico de la Ciudad de Córdoba", levantado según Procedimientos de Geometría subterranea por el Ingeniero de Minas Barón de Karvinski y el Ingenº. de Puentes y Calzadas Dn. Joaquín Rillo a Expensas de la municipalidad. Año de 1811.
- Imagen 4: Sección del "Plano de Córdoba de 1851", de José Mª de Montis.
- Imagen 5: Sección del "Plano de Córdoba de 1868", de José Mª de Montis y Fernández.
- Imagen 6: Sección del "Plano de Córdoba formado y publicado de órden y á expensas del Excmo. Ayuntamiento, por Don Dionisio Casañal y Zapatero, oficial del Cuerpo de Topógrafos. 1884.

viernes, 20 de febrero de 2026

EL MÁRMOL DEL DIABLO

     A estas alturas no creo necesario recordar que Córdoba tiene tantas leyendas como rincones, algunas muy conocidas y otras no tanto, fantásticas todas y ninguna excesivamente creíble, al menos vistas con la mentalidad actual, pero que forman parte de nuestro acervo cultural. La razón de que hayan llegado hasta nuestros días se debe tanto al hecho de que hayan ido pasando de abuelos a padres y de padres a hijos, como a que algunos escritores tuvieron la precaución de recopilarlas y plasmarlas sobre el papel para que no acabaran perdiéndose.

     Uno de esos escritores a los que me refiero es Rafael Ramírez de Arellano, primogénito del autor de los "Paseos por Córdoba", quien en 1895 publicó su obra "Cuentos y Tradiciones". No creo que haga falta que aclare de qué va el libro, el título ya lo dice todo, y una de las historias que podemos encontrar en él está ambientada en la calle de Santa Inés, la misma que une la plaza de la Magdalena con la antigua calle del Horno del Camello, la Diego Méndez, y que recordé hace unos días mientras la atravesaba.


IMAGEN 1. La calle Santa Inés.



     Antes de pasar al relato, que aunque publicado en 1895 fue escrito en 1887, Ramírez de Arellano evoca un recuerdo de su infancia en que varios amigos y él paseaban por la citada calle y nos cuenta cómo uno de ellos golpeaba con una piedra una columna de mármol situada en una de las esquinas que la forman, tras lo cual aseguraba que se percibía un fuerte olor a azufre y se escuchaban los lamentos de un caballero al que el diablo había convertido en columna tras una aventura amorosa en el convento que da nombre a la calle. Rafael no había vuelto a escuchar nada acerca del curioso suceso hasta que el tío Andrés, capataz de una finca en la que se resguardaba con otras personas de una horrible tormenta, les contó a todos la historia al calor de la chimenea. Es la que sigue:

     «Yo no podré decirles á ustedes en qué tiempo pasó; pero sí que hace mucho, algunos siglos seguramente, cuando vivía en Córdoba un caballero nombrado don Luis de Cárcamo, de una de las familias más distinguidas de aquella capital y de la que tengo entendido que vienen los marqueses de Cabriñana, y como D. Luis por su parentesco era respetado de grandes y chicos, tenía mucho dinero, buena presencia, gran corazón, pocos años y deseos de aventuras, había dedicado á ellas toda su inteligencia, todo su oro, toda su valentía, y en una palabra, á las aventuras amorosas era á lo solo á que consagraba su vida.


IMAGEN 2. Las callejas de Santa Inés.



     Los días los pasaba recorriendo la ciudad viendo mujeres que cortejar de noche, las noches en dar músicas y canciones que muchas veces paraban en cuchilladas, y así aunque mozo, contaba las mujeres rendidas por cientos y los hombres muertos ó acuchillados por docenas, sin parar mientes en que las rondas lo atacaran, porque oyendo nombrar á D. Luis huían como cervatillos los pobres corchetes y D. Luis cada día estaba más ufano y envalentonado y ya no le quedaba en su patria mujer bonita que desear, que lo mismo había rendido á la altiva dama de noble cuna que habita en un palacio rodeada de dueñas y lacayos, que á la niña cándida y hermosa, pero desamparada, que vive en una choza, que sus padres abandonan al alba para salir á trabajar y ganar el sustento y que queda sola convertida en indefensa paloma fácil de atrapar por gavilanes tan duchos como D. Luis, así es que nuestro gentil hombre se iba aburriendo y á fuerza de torcer el pensamiento en busca de aventuras acabó que le faltaba para su fama una esposa del Señor á quien hacer suya, y sin acordarse de la inquisición y mucho menos de las prácticas y devociones de un buen cristiano, se echó á correr por las iglesias de los conventos y á mirar por las rejas cuál era la monja que le parecía más bonita y dedicarle todos los tiros de sus acechanzas.

     Casi ninguno de ustedes ha visto abierta al culto la iglesia de Santa Inés ni habitado el convento por monjas. Yo sin embargo me acuerdo dél como si viéndolo estuviera; era una iglesia muy hermosa, con unos retablos muy grandes, dorados con muchos adornos de hojarasca, y en el fondo tenía una reja que llenaba todo el frente por donde se veía desde la iglesia el coro y en él muchas veces á las monjas arrodilladas rezando, porque entonces no había detrás de la reja el velo negro ó azul que el obispo señor Alburquerque mandó poner, y que hoy impide que el pueblo vea á las monjas y éstas se distraigan de sus oraciones con la vista de los mozalvetes que se ponen delante de las rejas más por curiosidad que por devoción: pues bien, en el convento de Santa Inés fué donde D. Luis encontró lo que buscaba.


IMAGEN 3. Solar con restos del antiguo convento de Santa Inés.



     Tomaba el hábito en el convento una joven de aristocrática familia, y estaban convidados á la ceremonia no sólo sus deudos y parientes, que eran muchos, sino también los caballeros y señoras principales de la ciudad; contábase entre los convidados, D. Luis, que asistió á la fiesta aprovechando de paso la ocasión de ver á su sabor la comunidad entera y vióla, y tan pronto como miró á las monjas, sintió que un vuelco le daba el corazón y que quedaba rendido por una tan hermosa que pensaba D. Luis que igual no la habrían visto sus ojos, ni semejante á ella se encontraba otra criatura en el mundo, y desde aquel momento ya él no lo tuvo de reposo y estuvo toda la ceremonia desasosegado y caviloso, pensando sólo en los medios de que se valdría para hacer saber su amor á la monja y rendirla y poseerla, ofendiendo á Dios desde entonces con sus livianas pretensiones y lujuriosos deseos. Terminada la toma de hábito, cada convidado se retiró á su posada, siendo D. Luis el último que del templo salió, y la casualidad ó el demonio le proporcionaron que en el patio del convento encontrara al santero al que regaló bien, y no atreviéndose por el pronto á otra cosa, preguntó el nombre de la religiosa, que resultó llamarse Sor Inés de Jesús, haciendo pocos años que vivía en el convento, pero con una vida en extremo austera y ejemplar. Contentóse D. Luis con estas noticias y, prometiéndose volver al convento cuantas veces estuviera la iglesia abierta y pudiera ver á su adorado tormento, se retiró á su morada á dar en ella sus quejas al viento y en hermosos versos, pues era buen poeta, cantar las ansias en que su corazón se consumía y los encantos que á sor Inés adoraban.

     Noche y día frecuentaba D. Luis la iglesia cuando abierta la hallaba y las calles vecinas cuando no podía entrar en el sagrado recinto, y por más que sus ojos se gozaron en la contemplación de la monja, siempre halló los de ésta bajos y recogidos sin que de ellos esperanza tuviera; del mismo modo cuantos regalos y ofrecimientos hizo al sacristán, resultaron vanos, y ya para él quedaba desmentido el refrán de que dádivas quebrantan peñas, cuando una noche rondando el convento pensaba en dar su alma al diablo por conseguir su presupuesto y halló á la mano lo que pensaba, por más que su alma no se hallase muy bien preparada al sacrificio que tenía en mientes.


IMAGEN 4. Los restos cubiertos de maleza.



     Caviloso y desasosegado se hallaba y pensando estar solo en las callejuelas de Santa Inés, cuando sintió que en el hombro le tocaban; volvióse (pronta la mano al puño de la espada) para ver quién era, y hallóse de manos á boca con un caballero de alta estatura, espesa barba roja y puntiaguda, esclavina y capucha negras, rojo jubón, calzas y trusados de igual color, espada al cinto, aspecto agradable y los piés no sabemos cómo, pero acaso uno como la pezuña de un caballo, que no otra cosa diferenciaba al diablo, según Goethe, de cualquier otro gentil caballero. D. Luis, que era de suyo provocativo è iracundo, hubiera de buena gana atizado una cuchillada al importuno, pero sintiendo algo como de sobrenatural y fascinador en la mirada del aparecido, hubo de contenerse mal de su agrado y contentarse con preguntarle á media voz y en frases entrecortadas: ¿Qué, me quereis?

     Con fría, estridente y cadavérica risotada, como si no fuese una sola persona quien la lanzase, sino toda una legión de espíritus invisibles, respondió el desconocido:

     "Tú lo sabrás; tú que me evocas en tan solitarios sitios. Pregunta á tu pensamiento. Eres impotente para penetrar en ese lugar, y necesitas ayuda; solo el diablo te la puede prestar. En él piensas. Aquí me tienes, obediente á tu voz".

     Por bien templada que fuera el alma de D. Luis, tuvo miedo en aquellos momentos, pero su alma era toda presa del pecado y todo su pensamiento impregnado estaba de amor y de lascivia. Había invocado al demonio: él le ayudaba, bueno era tomarlo por aliado y amigo, y no pensó más. Antes de que D. Luis hablara, el aparecido le dijo:

     "Yo soy la tentación. El sacristán ha resistido á tus dádivas y la monja á tus miradas, porque yo estaba lejos. Yo tomo todas las formas y todos los tamaños; yo entro en todas partes. Yo puedo penetrar en el convento y murmurar deseos en los oídos de los virtuosos; puedo engendrar el mal en las almas benditas mientras residen en la tierra. Yo me pongo á tus órdenes. Mándame".

     D. Luis respondió: "Lée en mi alma; adivina mis pensamientos; si eres un mortal y te burlas, desenvaina la espada".


IMAGEN 5. Dos esquinas del solar donde estuvo el convento, a la derecha.



     Una nueva carcajada, como la anterior, llenó el espacio, y apenas si advirtió en el semblante del aparecido una leve sonrisa. Parecía que la risotada salía de todos lados menos de la boca del caballero. Este dijo:

     "Sor Inés de Jesús no piensa en tí ni te conoce siquiera, solo piensa en Dios y en la eterna ventura. Mañana desde el coro te verá por primera vez, sus ojos se llevarán hasta tí su pensamiento; se fijará en tí porque yo le murmuraré al oído y encomiaré tu hermosura. El sacristán pensará mañana en la riqueza de que ahora carece. Dentro de ocho días gozarás la monja. Todo esto te prometo y lo cumpliré. Pero yo no soy un auxiliar desprendido, también reclamo mis honorarios. Si me dás tu alma te daré á la monja, si prefieres la salvación no la tendrás nunca al lado tuyo: olvidaré mi misión y seré antes angel de guarda que enjendro horrible de condenación eterna. Jura y obraré. Si me dás tu alma te ayudo, si me la niegas combatiré en tu contra". Y el demonio se cruzó de brazos y esperó la resolución del hidalgo.

     Este luchaba. Aún no le había desamparado el angel bendito de la guarda que murmuraba á su oido los consejos de Dios. Del oido siniestro pendía un satélite de Satanás que atizaba los lascivos apetitos del joven. Trabada la lucha D. Luis vaciló largo tiempo pero su alma era ya del diablo y éste triunfó.

     "No un alma, dijo, cien que tuviera te las daría por gozar el amor de la hermosa esposa del creador. Ayúdame: si venzo mi alma es tuya, por un momento de placer en sus brazos mil siglos doy de condenación en los profundos infiernos". El demonio alargó su mano á D. Luis, éste la acogió en la suya y le pareció que lo oprimía una mano de hierro candente. Su alma entretanto se fortaleció en el mal y se separaron para reunirse de nuevo tal vez en las profundidades del averno.


IMAGEN 6. A la izquierda, solar con los restos.



     Diablo y caballero trabajaron de consuno diversos días. De cómo se valieron para sus siniestros nadie lo ha sabido, y sí sólo que á la semana próximamente la monja estaba enamorada perdidamente de D. Luis, y el santero era el intermediario de aquellos amores. Estando en manos de éste las llaves de la iglesia, habíase convenido en que una noche, á las doce en punto, abriría el templo á donde el caballero con su rojo ayudante acudiría. La monja saldría por la cajonera de la sacristía que comunicaba de la iglesia al convento y hallarían los amantes facilidades para conseguir sus deseos y así, convenido el plan de la fuga, hubo de ponerse en ejecución acudiendo D. Luis por de fuera y la monja por de dentro á la ansiada visita.

     Es de advertir y direlo ahora antes que llegue á olvidarme, que Sor Inés de Jesús tenía padre y hermanos de lo más floreciente de nuestra aristocracia y señores de un viejo castillo no muy lejano de la capital, y sí hubo un diablo que ayudara á D. Luis, no faltó un ángel que advirtiera á los señores de Albáida, con lo que ocurrió, que llegada la noche del rapto, abierta la iglesia, pasado el cajón de la sacristía, en libertad la monja y en brazos de su amante, cuando éstos se dispusieron á salir de la iglesia, se vieron acometidos en el mismo patio del convento por gente armada afanosa de ganar honra que creían perdida y de vengar la ofensa que aun no se había consumado.

     En este trance, el sacristán, sujetando á la monja, cerró la iglesia, quedando ambos dentro y restituyendo por la cajonera á Sor Inés al claustro, y en la parte de afuera D. Luis y el demonio acuchillándose con el padre, hermanos y mesnaderos de Sor Inès, y aunque en la refriega caían muchos de éstos, pues era invencible el brazo del diablo, no pudo impedir que una de las espadas de los vengativos Córdovas entrase tan por derecho en el cuerpo del de Cárcamo que no estuviese á punto de salírsele el alma por la herida abierta. En aquel momento, D. Luis olvidó á la monja y al diablo. Vió cercana la muerte y sólo se acordó de Dios, que no hay quien no invoque su nombre en el momento fatal, por incrédulo y malvado que sea. Entró en el alma del desdichado por la abierta herida el recuerdo de Dios, se apoderaron de él el remordimiento por un lado y el arrepentimiento por otro, y sólo se acordó de implorar el perdón, pensando, aunque equivocadamente, que era mortal la herida.


IMAGEN 7. La zona de los sucesos en el "plano de los franceses".



     Con esto cesó la lucha. D. Luis cayó en tierra y el demonio desapareció de la vista de los enemigos. Estos huyeron temerosos de las rondas, y quedó el patio del convento solitario, solamente con un cadáver tendido en tierra, que no otra cosa parecía D. Luis. Sin embargo, poco tiempo después de esta escena, el muerto empezó á hablar, y su primera palabra fué de perdón y encaminada al cielo. Entonces se presentó de nuevo el diablo.

     "En este lugar me entregaste el alma hace ocho días", dijo: "vas á morir, te la reclamo".

     "Dios dispondrá de ella", contestó el caballero; "si me salva se la consagraré eternamente en el claustro. Allí lloraré mis infinitas culpas, allí obtendré su perdón. Retírate, espíritu de Satanás, yo te maldigo".

     El diablo se encorvó, como fustigado por la maldición del moribundo; después se irguió y miró desdeñosamente al mal herido hidalgo, lanzó una risotada estridente y dijo: "Me entregaste el alma y ahora me la niegas. Quieres salvarla y no lo conseguirás. No será mía, pero no irá tampoco á la mansión de Dios. Mientras que la tierra ruede sobre su órbita, no saldrá tu alma de ella". Y haciendo un gesto horrible y de forma extraña sobre el infortunado D. Luis, lanzó el diablo de sí una luz inmensa, como terrible relámpago, y se oyó un trueno espantoso y orrísono y desapareció; por la mañana, en el lugar de la escena, había un fuerte olor á azufre y un trozo de columna, del largo del cuerpo de un hombre, estaba tendido en el suelo.


IMAGEN 8. Una esquina deteriorada.



     El santero, aterrado, habíalo presenciado todo por la cerraja de la iglesia, y lo confesó al día siguiente. Las monjas hicieron bañar con agua bendita el marmolillo por mano del sacerdote, y cuentan que a cada asperje salían del mármol extraños y lastimeros quejidos. Pasados muchos años, el marmolillo continuaba en el patio, y estando ruinosa la esquina en donde está empotrado, lo mandaron colocar allí otras monjas más modernas que ignoraban, tal vez, que aquello fuera el sepulcro de un caballero de esclarecida extirpe, menos afortunado en sus empresas que D. Juan Tenorio».

     En fin, una leyenda en toda regla, con amoríos, espadas y su toque sobrenatural, en la que esta vez parece ser que fue el mal quién venció y nuestro Tenorio cordobés acabó de peor manera que el de Zorrilla. Es una lástima que ni la esquina del convento ni la columna estén en su sitio en la actualidad, podía haberla añadido al último de los paseos de la serie "De esquinas y columnas".


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Fotografías del autor excepto las imágenes 3 (captura de Google Maps) y 7 (sección del plano de 1811).

miércoles, 5 de noviembre de 2025

SOBRE EL CAIMAN DE LA FUENSANTA

     Córdoba es una ciudad rica en leyendas y tradiciones, de eso no cabe ninguna duda. Más de dos mil años de existencia dan para que muchos acontecimientos reales acabaran adornados y transformados en curiosas leyendas, gracias a la imaginación popular, que después pasaban oralmente de abuelos y padres a hijos y a las que a cada paso se le iban variando o añadiendo detalles. Las hay trágicas, como las del origen de la Torre de la Malmuerta o la del Palacio de Orive, y otras más simpáticas, como la del Caimán de la Fuensanta. Os dejo con lo que el periodista, escritor y político Joaquín Pérez Madrigal (1898-1988) dejó escrito sobre ella en las páginas del Diario de Córdoba:


IMAGEN 1. Parroquia Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta.



     «La historia, la leyenda y el caimán.

     El caimán de la Fuensanta es un suspiro de Córdoba. En torno a ese caimán, cazado en Filipinas por un explorador ferviente y traido a la Virgen en prenda de su fe (1), ha escrito el pueblo una leyenda.
     Estuvimos en la Iglesia, prolijamente examinamos el cúmulo de exvotos (2) que allí colgó el fervor, y nos impresionó profundamente escuchar cómo la inventiva popular, a presencia del animalucho exótico, se había desentendido de su historia para fraguar su leyenda.
     Según ésta, el caimán se encaminaba por el arroyo de la Fuensanta al Guadalquivir; un cazador, cojo por más señas, vio al caimán al tiempo que éste vio al cazador, y aterrado el hombre por lo difícil que se le presentaba la huída del que se aprestaba a devorarle, se encomendó a la Virgen de la Fuensanta y la Virgen hizo el milagro de sugerirle la idea salvadora. Llevaba el cojo en su zurrón una gran rebanada de pan. Se apresuró a tomarla en una mano mientras que con la otra empuñaba la escopeta, y aguardó sereno a que el caimán se le acercara. Cuando el supuesto cocodrilo gigantesco estaba solo a dos metros de distancia y las dilatadas fauces se entreabrían enseñando dos terribles hileras de dientes, el hombre le tiró contra ellas el pedazo de pan. Para engullirlo, el caimán abrió la boca y entonces el cojo le disparó un escopetazo que, llenándole de metralla el estómago, acabó con la fiera. El cazador, salvado el pellejo, ofrendó a la Virgen el cuerpo del caimán, la escopeta con que le dio muerte y la muleta que le ayudaba a ser cojo.


IMAGEN 2. El caimán, la escopeta y la muleta.


     Claro que esta leyenda no tiene muchos crédulos y que la gente se la atribuye a un chusco (3). Es seguro que oyéndola narrar el auditorio rompa en carcajadas de honesto, de irreflexivo regocijo.
     Para nosotros escuchar la leyenda del caimán de la Fuensanta ha constituido la lección más seria de cuantas nos ha brindado la ciudad en orden a humanidades, y muchos días después hemos estado meditando sobre ella. Desde luego el inventor era un filósofo moralista y cínico que compuso con materiales legendarios, el terror y la fe, un agudo epigrama.


IMAGEN 3. Otra vista del Santuario.



     El arroyo de la Fuensanta, por, el que se dice que transcurría el caimán, genera su fétida carga dentro de Córdoba.
     ¿Había caimanes en Córdoba? ¿Abundaba la fauna local en ejemplares de esa familia de anfibios hasta el extremo de que uno de ellos se fuera a pasear por las márgenes y aun por el lecho del Betis?
     Es eso una galana sátira muy digna de tenerse en cuenta para completarla con la del desenlace que pone la leyenda a la amenaza del monstruo. Por muy caimán que sea, y por muy lisisado que esté quien le afronte, aquel, en el cual se quiere simbolizar la astucia y la cautela, saldrá vencido si retarda la realización del deseo primordial por realizar otro accidentalmente sugerido y aprobado por el ansia conductora. Iba el caimán a comerse al hombre y por un pedazo de pan dejó que el hombre le matase.
     ¿No habéis desentrañado desentrañado todavía las enseñanzas de la leyenda?
     Nosotros, desde que en torno a ella hemos meditado, nos hemos explicado muchas cosas. Y en la actitud de muchos hombres y en el lanzamiento al aire de muchos cachos de pan, hemos visto arrastrarse y morir, por las artes ladinas o iluminadas de un lisiado, al famoso caimán de la Fuensanta y a otros muchos caimanes.

Joaquín P. Madrigal.»


Rafael Expósito Ruiz.




(1) La leyenda sobre el caimán, con todas sus variantes y versiones, hacía ya tiempo que estaba desmontada, de ahí que al autor no le importe destriparla desde el principio de su relato.
(2) exvoto: m. En la religión católica, don u ofrenda, como una muleta, una mortaja, una figura de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios, a la Virgen o a los santos en señal y recuerdo de un beneficio recibido, y que se cuelgan en los muros o en la techumbre de los templos. Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española.
(3) chusco: adj. Que tiene gracia, donaire y picardía. Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española.





DOCUMENTACIÓN
- Diario de Córdoba, periódico independiente, decano de la prensa cordobesa. Año LXXVII, Núm. 27.231, 31 de Diciembre de 1926. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.

IMAGENES
- Imagen 1: Fotografía tomada por el autor.
- Imágenes 2 y 3: Fotografías pertenecientes al Archivo Municipal de Córdoba.

viernes, 17 de enero de 2025

EL PALACIO DE ORIVE: UNA EFEMÉRIDE DUDOSA

     La semana pasada escribí sobre lo que le sucedió a un vecino de la calle Almonas en el siglo XIX, cuando lo llevaban a enterrar sin estar muerto. De este caso había encontrado tres versiones, la última de las cuales aparecía en las páginas de "El defensor de Córdoba: diario católico" y firmada por un tal "Montículus", quien daba por fecha del suceso el 13 de enero de 1835, cosa curiosa ya que Teodomiro Ramírez de Arellano, autor de las dos versiones anteriores, no menciona fecha alguna, y la versión de Montículus es básicamente una copia de las de Arellano.


IMAGEN 1. Palacio de los Villalones o de Orive.



     El tal Montículus no era otro que el presbítero Enrique Cerrillo Pérez, quien se encargó de la sección "Efemérides cordobesas" en el periódico antes citado, sección que únicamente apareció durante el año 1913 y que quizás finalizó tras ser nombrado Beneficiado de la Santa Iglesia Catedral de Almería a finales del mismo año, aunque no así su colaboración con el diario, pues también firmaba y siguió firmando artículos bajo el seudónimo de "Henri Macer". El caso es que, al adjudicar una fecha al suceso de la calle Almonas, o manejaba información que Ramírez de Arellano desconocía, o simplemente lo hizo al azar, como después ocurriría con una de las historias más conocidas de Córdoba, la leyenda del Palacio de Orive y la hija del Corregidor. Como ya escribí en su momento sobre dicha leyenda, veamos lo que de manera más resumida cuenta Cerrillo Pérez:


IMAGEN 2. Otra vista del palacio.
          «Efemérides cordobesas.
     Enero 15 1610. Suceso de la hija del Corregidor de la casaca blanca: -Advertimos que se trata de una leyenda, de un cuento, al que se asigna esta fecha como pudiera fijarse otra.
     El Corregidor D. Carlos Ucel Guimbardo, vivía en la casa de los Orives, en compañía de su única hija. Una noche de lluvia pidieron dos caminantes hebreos que los dejasen pernoctar en el zaguan de la casa, y el Corregidor accedió á la demanda. Una dueña ponderó á doña Blanca, la hija del D. Carlos Ucel, lo estraño de la figura de los hebreos, y la joven y la dueña, llenas de curiosidad, bajaron, y por los intersticios de la puerta del zaguan, miraron lo que los huéspedes hacían. Vieron que uno de ellos leía en un libro y se alumbraba, para poder leer con una vela amarilla, en tanto que el otro repasaba las cuentas de una especie de rosario que pendía de su cintura. Sonó un ruido sordo y enmedio del portal abrióse un boqueta, por el que se entreveía una escalera de mármol. Por ella bajó uno de los hebreos y al poco subió con un joven de 15 años, que llevaba un cofre de alhajas. Tomaron los hebreos el cofre y mandaron al jóven descender; suplicó este que lo llevasen con ellos; obligáronle á bajar, apagaron la luz y el silencio reinó en el portal. Por la mañana se marcharon los judíos.
     Doña Blanca y su criada escudriñaron el portal y no hallaron en él señal de abertura alguna; pero sí halló la criada algunas gotas de cera amarilla, que recogió y con las que hizo un pequeño cerillo. Por la noche bajaron al portal, encendieron el cerillo, se abrió la tierra y apareció la escalera. Por ella bajaron doña Blanca y su dueña y recorrieron varias galerías desiertas. El cerillo tocaba á su fin y las dos mujeres se apresuraron á volver al portal; pero el cerillo se consumió totalmente cuando la dueña ya había subido toda la escalera y doña Blanca se hallaba á la mitad de ella. La tierra se cerró y la triste doña Blanca quedó sepultada en vida para siempre.»


IMAGEN 3. La desdichada Blanca, según la creencia popular.



     Está claro, como dice Cerrillo Pérez antes de comenzar el relato, que la fecha se le ha adjudicado de forma aleatoria, aunque no especifique si es él mismo o no el que lo hace. En cualquier caso, el 15 de enero de 1610 no es la fecha más adecuada para esta historia, incluso tratándose de una leyenda sin ningún fundamento, y es que el citado Carlos Ucel Guimbardo (Ussel Guimbarda en realidad) no nacería hasta 57 años después. Moriría en 1744, sin haber tenido descendencia, por lo que el Marquesado de Ussel que ostentaba, y que le había sido concedido por el entonces Carlos de Nápoles y futuro Carlos III de España, pasó a su hermano Bernardo y de éste a su hijo Salvador. O sea que ni su hija Blanca existió, ni entró nunca en ningún pasadizo ni, mucho menos, lo hizo en 1610.


Rafael Expósito Ruiz.




Más información sobre este tema en:





DOCUMENTACIÓN
- El defensor de Córdoba : diario católico: Año XV Número 4058 - 1913 enero 15. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
- historia-hispanica.rah.es/biografias/44000-salvador-ussel-de-guimbarda-y-de-la-rosa.
- Necrologio nobiliario madrileño del siglo XVIII (1701-1808). José Miguel de Mayoralgo y Lodo, conde de los Acevedos.

IMÁGENES
- Fotografías realizadas por el autor.

viernes, 22 de marzo de 2024

LA PALMERA DE LA CALLE CLAUDIO MARCELO

     Cuando Almanzor quiso agrandar la Mezquita de Córdoba, allá por el año 987 de la presente era, se encargó personalmente de tratar con los propietarios de las viviendas que era necesario derribar para el ensanche. No sólo les pagaba el doble o el triple de lo que pedían por sus casas, sino que además mandaba que se les comprasen otras. La oferta era tal que ninguno la rechazaba, excepto la propietaria de una casa con jardín en el que había una palmera a la que le tenía un especial cariño.


IMAGEN 1. Vista desde la Fonda Rizzi.



     La propietaria en cuestión era doña Blanca, una dama vascongada y prima, además, de Aurora, la esclava favorita de Al-Hakem II y madre del califa Hisham II, conocida como Subh al-baskunsiyya (Subh "la vascona") Ni la posibilidad de enfadar a Almanzor, que era quien realmente gobernaba, ni las súplicas de su prima la hacían desistir de su empeño de no vender su propiedad. Finalmente accedió, a cambio de que le encontrasen otra casa mejor situada que la suya. Almanzor le regaló un suntuoso palacio en la Medina, cuyo jardín poseía un antepecho y mirador sobre la muralla desde donde se dominaba toda la parte baja de la ciudad hasta el río. En el centro del mirador se había plantado una imponente palmera, que se alimentaba del agua de un venero que además surtía al jardín e infinidad de fuentes y baños públicos y privados. La sombra de esta palmera fue el escenario de innumerables encuentros entre Almanzor y Aurora.

     Almanzor murió en el año 1002 lejos de Córdoba. Una noche de luna llena, su hijo Abd al-Málik  se presentó en casa de Blanca donde, seguido de ésta y de cuatro fieles eunucos, se dirigió al jardín. Los sirvientes cavaron a los pies de la palmera hasta llegar a sus raíces, donde Abd al-Málik colocó una cajita de acero batido cerrada por tres llaves. En su interior se encontraba el corazón de Almanzor.


IMAGEN 2. La palmera en 1567.



     Algunos años después el califa Hisham II, rodeado de su séquito, se presentó en casa de Blanca. Ordenó a los eunucos que lo acompañaban que cavaran a los pies de la palmera hasta que llegaron a dónde la cajita de acero estaba enterrada, ennegrecida y oxidada ya. Hizo llamar a Abd al-Málik y a Blanca, que acudieron cada uno con su llave. La tercera la llevaba el propio califa. Una vez abierta la caja, el monarca colocó en su interior un cristal de roca tallado que contenía el corazón de Aurora, cumpliendo así el último deseo de su madre. La caja volvió a ser enterrada, se cubrió con argamasa y cantos de piedra, y después se engrosó la muralla con un segundo paramento interior de sillería labrada.


IMAGEN 3. La palmera en 1853.



     Lo que hasta ahora habéis leído forma parte del cuento "La palma de los corazones", de Ángel María Castiñeira. Se publicó en  siete entregas durante los días 15 al 21 de agosto de 1878, en el Diario de Córdoba de Comercio, Industria, Administración, Noticias y Avisos, por lo que para no alargar demasiado esta entrada he decidido resumirlo de la mejor manera posible. La publicación estaba motivada por las obras de derribo necesarias para abrir el primer tramo de la futura calle Claudio Marcelo, entre Capitulares y María Cristina. Los trabajos habían llegado ya a la altura de una gran palmera junto a la que habían aparecido gran cantidad de cantos rodados y argamasa, además de un doble muro de sillería labrada.

     La casa que se estaba demoliendo para la apertura de la nueva calle era conocida desde muy antiguo como "la casa de la Palma", a la que se accedía desde lo que sería hoy el cruce de Claudio Marcelo con María Cristina, a través de una plazoleta ya desaparecida llamada también "de la Palma". Era la casa principal de uno de los mayorazgos de los Venegas y propiedad del duque de Hornachuelos en esas fechas, por la gran palmera ubicada sobre la muralla, en lo que fue la huerta de la misma, y que era visible desde casi toda la parte baja de la población. Ángel María Castiñeira se preguntaba si sería aquella la misma bajo la que Almanzor y Aurora tenían sus encuentros u otra posterior, plantada en el lugar de la primitiva por casualidad o en recuerdo de la tradición, y si se salvaría de la destrucción.


IMAGEN 4. La plaza de la Palma y el huerto de la casa de los Venegas.



     Casi 900 años después de haber sido plantada no es muy probable que se tratase de la misma palmera y sí otra posterior, pero el caso es que acabó siendo indultada y, en enero de 1879, se anunciaba su próximo traslado a los Jardines de la Victoria, aunque su destino final serían los de la Agricultura. El traslado se efectuaría en febrero, mes más propicio para ser trasplantada. El día 26 a última hora de la tarde la palmera, que ya había sido sacada de su sitio, quedó preparada para su transporte al día siguiente. Sus dimensiones, 17 metros y medio de altura y unos 3.800 kilos de peso, hicieron necesario que fuera montada sobre tres carretas, de las que tirarían doce bueyes.

     Al día siguiente por la mañana, 27 de febrero, las carretas partieron desde la calle del Ayuntamiento hacia la nueva ubicación del "coloso". El gentío que acudió a contemplar el traslado era tan numeroso y desordenado que no hacía otra cosa que estorbar, consiguiendo finalmente espantar a los bueyes a la entrada a la ronda de los Tejares. Una de las carretas clavó las ruedas en una cuneta retrasando así una operación que de por sí ya debía de ser lenta. El traslado consiguió reanudarse el día 30, pero de nuevo la muchedumbre estorbó más que ayudó y las carretas volvieron a quedarse atascadas. Finalmente, a las tres de la tarde del día 3 de marzo, la palmera quedó colocada en los Jardines de la Agricultura.


IMAGEN 5. Los Jardines de la Agricultura.




     Descartado el hecho de que se tratase de la palmera de doña Blanca, quizás otra posterior podía haber aguantado lo suficiente como para que pudiésemos contemplarla en la actualidad, pero mientras un operario desataba las cuerdas que habían servido para izarla, ésta se tronchó a unos dos metros y medio de la base, cayendo el resto al suelo y el operario con ella. El trabajador se recuperaría en pocos días de una fuerte contusión en la espalda, la palmera cerró el último capítulo de su historia.


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Archivo Municipal de Córdoba.
- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
- Paseos por Córdoba, de Teodomiro Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Imagen 1: Fotografía de Luis León Massón, detalle esterescópica albúmina, circa 1858. Subida por Antonio Jesús González al grupo de Facebook HISTORIA DE CÖRDOBA EN IMÁGENES.
- Imagen 2: Vista de Córdoba (1567). Anton van den Wyngaerde.
- Imagen 3: Vista de Córdoba (1853). Alfred Guesdon.
- Imagen 4: Sección de un plano del proyecto de apertura de la calle Claudio Marcelo. Fotografía del autor.
- Imagen 5: Jardines de la Agricultura (entre 1906 y 1918). Fototipia Castiñeira y Álvarez.