Uno de esos escritores a los que me refiero es Rafael Ramírez de Arellano, primogénito del autor de los "Paseos por Córdoba", quien en 1895 publicó su obra "Cuentos y Tradiciones". No creo que haga falta que aclare de qué va el libro, el título ya lo dice todo, y una de las historias que podemos encontrar en él está ambientada en la calle de Santa Inés, la misma que une la plaza de la Magdalena con la antigua calle del Horno del Camello, la Diego Méndez, y que recordé hace unos días mientras la atravesaba.
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| IMAGEN 1. La calle Santa Inés. |
Antes de pasar al relato, que aunque publicado en 1895 fue escrito en 1887, Ramírez de Arellano evoca un recuerdo de su infancia en que varios amigos y él paseaban por la citada calle y nos cuenta cómo uno de ellos golpeaba con una piedra una columna de mármol situada en una de las esquinas que la forman, tras lo cual aseguraba que se percibía un fuerte olor a azufre y se escuchaban los lamentos de un caballero al que el diablo había convertido en columna tras una aventura amorosa en el convento que da nombre a la calle. Rafael no había vuelto a escuchar nada acerca del curioso suceso hasta que el tío Andrés, capataz de una finca en la que se resguardaba con otras personas de una horrible tormenta, les contó a todos la historia al calor de la chimenea. Es la que sigue:
«Yo no podré decirles á ustedes en qué tiempo pasó; pero sí que hace mucho, algunos siglos seguramente, cuando vivía en Córdoba un caballero nombrado don Luis de Cárcamo, de una de las familias más distinguidas de aquella capital y de la que tengo entendido que vienen los marqueses de Cabriñana, y como D. Luis por su parentesco era respetado de grandes y chicos, tenía mucho dinero, buena presencia, gran corazón, pocos años y deseos de aventuras, había dedicado á ellas toda su inteligencia, todo su oro, toda su valentía, y en una palabra, á las aventuras amorosas era á lo solo á que consagraba su vida.
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| IMAGEN 2. Las callejas de Santa Inés. |
Los días los pasaba recorriendo la ciudad viendo mujeres que cortejar de noche, las noches en dar músicas y canciones que muchas veces paraban en cuchilladas, y así aunque mozo, contaba las mujeres rendidas por cientos y los hombres muertos ó acuchillados por docenas, sin parar mientes en que las rondas lo atacaran, porque oyendo nombrar á D. Luis huían como cervatillos los pobres corchetes y D. Luis cada día estaba más ufano y envalentonado y ya no le quedaba en su patria mujer bonita que desear, que lo mismo había rendido á la altiva dama de noble cuna que habita en un palacio rodeada de dueñas y lacayos, que á la niña cándida y hermosa, pero desamparada, que vive en una choza, que sus padres abandonan al alba para salir á trabajar y ganar el sustento y que queda sola convertida en indefensa paloma fácil de atrapar por gavilanes tan duchos como D. Luis, así es que nuestro gentil hombre se iba aburriendo y á fuerza de torcer el pensamiento en busca de aventuras acabó que le faltaba para su fama una esposa del Señor á quien hacer suya, y sin acordarse de la inquisición y mucho menos de las prácticas y devociones de un buen cristiano, se echó á correr por las iglesias de los conventos y á mirar por las rejas cuál era la monja que le parecía más bonita y dedicarle todos los tiros de sus acechanzas.
Casi ninguno de ustedes ha visto abierta al culto la iglesia de Santa Inés ni habitado el convento por monjas. Yo sin embargo me acuerdo dél como si viéndolo estuviera; era una iglesia muy hermosa, con unos retablos muy grandes, dorados con muchos adornos de hojarasca, y en el fondo tenía una reja que llenaba todo el frente por donde se veía desde la iglesia el coro y en él muchas veces á las monjas arrodilladas rezando, porque entonces no había detrás de la reja el velo negro ó azul que el obispo señor Alburquerque mandó poner, y que hoy impide que el pueblo vea á las monjas y éstas se distraigan de sus oraciones con la vista de los mozalvetes que se ponen delante de las rejas más por curiosidad que por devoción: pues bien, en el convento de Santa Inés fué donde D. Luis encontró lo que buscaba.
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| IMAGEN 3. Solar con restos del antiguo convento de Santa Inés. |
Tomaba el hábito en el convento una joven de aristocrática familia, y estaban convidados á la ceremonia no sólo sus deudos y parientes, que eran muchos, sino también los caballeros y señoras principales de la ciudad; contábase entre los convidados, D. Luis, que asistió á la fiesta aprovechando de paso la ocasión de ver á su sabor la comunidad entera y vióla, y tan pronto como miró á las monjas, sintió que un vuelco le daba el corazón y que quedaba rendido por una tan hermosa que pensaba D. Luis que igual no la habrían visto sus ojos, ni semejante á ella se encontraba otra criatura en el mundo, y desde aquel momento ya él no lo tuvo de reposo y estuvo toda la ceremonia desasosegado y caviloso, pensando sólo en los medios de que se valdría para hacer saber su amor á la monja y rendirla y poseerla, ofendiendo á Dios desde entonces con sus livianas pretensiones y lujuriosos deseos. Terminada la toma de hábito, cada convidado se retiró á su posada, siendo D. Luis el último que del templo salió, y la casualidad ó el demonio le proporcionaron que en el patio del convento encontrara al santero al que regaló bien, y no atreviéndose por el pronto á otra cosa, preguntó el nombre de la religiosa, que resultó llamarse Sor Inés de Jesús, haciendo pocos años que vivía en el convento, pero con una vida en extremo austera y ejemplar. Contentóse D. Luis con estas noticias y, prometiéndose volver al convento cuantas veces estuviera la iglesia abierta y pudiera ver á su adorado tormento, se retiró á su morada á dar en ella sus quejas al viento y en hermosos versos, pues era buen poeta, cantar las ansias en que su corazón se consumía y los encantos que á sor Inés adoraban.
Noche y día frecuentaba D. Luis la iglesia cuando abierta la hallaba y las calles vecinas cuando no podía entrar en el sagrado recinto, y por más que sus ojos se gozaron en la contemplación de la monja, siempre halló los de ésta bajos y recogidos sin que de ellos esperanza tuviera; del mismo modo cuantos regalos y ofrecimientos hizo al sacristán, resultaron vanos, y ya para él quedaba desmentido el refrán de que dádivas quebrantan peñas, cuando una noche rondando el convento pensaba en dar su alma al diablo por conseguir su presupuesto y halló á la mano lo que pensaba, por más que su alma no se hallase muy bien preparada al sacrificio que tenía en mientes.
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| IMAGEN 4. Los restos cubiertos de maleza. |
Caviloso y desasosegado se hallaba y pensando estar solo en las callejuelas de Santa Inés, cuando sintió que en el hombro le tocaban; volvióse (pronta la mano al puño de la espada) para ver quién era, y hallóse de manos á boca con un caballero de alta estatura, espesa barba roja y puntiaguda, esclavina y capucha negras, rojo jubón, calzas y trusados de igual color, espada al cinto, aspecto agradable y los piés no sabemos cómo, pero acaso uno como la pezuña de un caballo, que no otra cosa diferenciaba al diablo, según Goethe, de cualquier otro gentil caballero. D. Luis, que era de suyo provocativo è iracundo, hubiera de buena gana atizado una cuchillada al importuno, pero sintiendo algo como de sobrenatural y fascinador en la mirada del aparecido, hubo de contenerse mal de su agrado y contentarse con preguntarle á media voz y en frases entrecortadas: ¿Qué, me quereis?
Con fría, estridente y cadavérica risotada, como si no fuese una sola persona quien la lanzase, sino toda una legión de espíritus invisibles, respondió el desconocido:
"Tú lo sabrás; tú que me evocas en tan solitarios sitios. Pregunta á tu pensamiento. Eres impotente para penetrar en ese lugar, y necesitas ayuda; solo el diablo te la puede prestar. En él piensas. Aquí me tienes, obediente á tu voz".
Por bien templada que fuera el alma de D. Luis, tuvo miedo en aquellos momentos, pero su alma era toda presa del pecado y todo su pensamiento impregnado estaba de amor y de lascivia. Había invocado al demonio: él le ayudaba, bueno era tomarlo por aliado y amigo, y no pensó más. Antes de que D. Luis hablara, el aparecido le dijo:
"Yo soy la tentación. El sacristán ha resistido á tus dádivas y la monja á tus miradas, porque yo estaba lejos. Yo tomo todas las formas y todos los tamaños; yo entro en todas partes. Yo puedo penetrar en el convento y murmurar deseos en los oídos de los virtuosos; puedo engendrar el mal en las almas benditas mientras residen en la tierra. Yo me pongo á tus órdenes. Mándame".
D. Luis respondió: "Lée en mi alma; adivina mis pensamientos; si eres un mortal y te burlas, desenvaina la espada".
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| IMAGEN 5. Dos esquinas del solar donde estuvo el convento, a la derecha. |
Una nueva carcajada, como la anterior, llenó el espacio, y apenas si advirtió en el semblante del aparecido una leve sonrisa. Parecía que la risotada salía de todos lados menos de la boca del caballero. Este dijo:
"Sor Inés de Jesús no piensa en tí ni te conoce siquiera, solo piensa en Dios y en la eterna ventura. Mañana desde el coro te verá por primera vez, sus ojos se llevarán hasta tí su pensamiento; se fijará en tí porque yo le murmuraré al oído y encomiaré tu hermosura. El sacristán pensará mañana en la riqueza de que ahora carece. Dentro de ocho días gozarás la monja. Todo esto te prometo y lo cumpliré. Pero yo no soy un auxiliar desprendido, también reclamo mis honorarios. Si me dás tu alma te daré á la monja, si prefieres la salvación no la tendrás nunca al lado tuyo: olvidaré mi misión y seré antes angel de guarda que enjendro horrible de condenación eterna. Jura y obraré. Si me dás tu alma te ayudo, si me la niegas combatiré en tu contra". Y el demonio se cruzó de brazos y esperó la resolución del hidalgo.
Este luchaba. Aún no le había desamparado el angel bendito de la guarda que murmuraba á su oido los consejos de Dios. Del oido siniestro pendía un satélite de Satanás que atizaba los lascivos apetitos del joven. Trabada la lucha D. Luis vaciló largo tiempo pero su alma era ya del diablo y éste triunfó.
"No un alma, dijo, cien que tuviera te las daría por gozar el amor de la hermosa esposa del creador. Ayúdame: si venzo mi alma es tuya, por un momento de placer en sus brazos mil siglos doy de condenación en los profundos infiernos". El demonio alargó su mano á D. Luis, éste la acogió en la suya y le pareció que lo oprimía una mano de hierro candente. Su alma entretanto se fortaleció en el mal y se separaron para reunirse de nuevo tal vez en las profundidades del averno.
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| IMAGEN 6. A la izquierda, solar con los restos. |
Diablo y caballero trabajaron de consuno diversos días. De cómo se valieron para sus siniestros nadie lo ha sabido, y sí sólo que á la semana próximamente la monja estaba enamorada perdidamente de D. Luis, y el santero era el intermediario de aquellos amores. Estando en manos de éste las llaves de la iglesia, habíase convenido en que una noche, á las doce en punto, abriría el templo á donde el caballero con su rojo ayudante acudiría. La monja saldría por la cajonera de la sacristía que comunicaba de la iglesia al convento y hallarían los amantes facilidades para conseguir sus deseos y así, convenido el plan de la fuga, hubo de ponerse en ejecución acudiendo D. Luis por de fuera y la monja por de dentro á la ansiada visita.
Es de advertir y direlo ahora antes que llegue á olvidarme, que Sor Inés de Jesús tenía padre y hermanos de lo más floreciente de nuestra aristocracia y señores de un viejo castillo no muy lejano de la capital, y sí hubo un diablo que ayudara á D. Luis, no faltó un ángel que advirtiera á los señores de Albáida, con lo que ocurrió, que llegada la noche del rapto, abierta la iglesia, pasado el cajón de la sacristía, en libertad la monja y en brazos de su amante, cuando éstos se dispusieron á salir de la iglesia, se vieron acometidos en el mismo patio del convento por gente armada afanosa de ganar honra que creían perdida y de vengar la ofensa que aun no se había consumado.
En este trance, el sacristán, sujetando á la monja, cerró la iglesia, quedando ambos dentro y restituyendo por la cajonera á Sor Inés al claustro, y en la parte de afuera D. Luis y el demonio acuchillándose con el padre, hermanos y mesnaderos de Sor Inès, y aunque en la refriega caían muchos de éstos, pues era invencible el brazo del diablo, no pudo impedir que una de las espadas de los vengativos Córdovas entrase tan por derecho en el cuerpo del de Cárcamo que no estuviese á punto de salírsele el alma por la herida abierta. En aquel momento, D. Luis olvidó á la monja y al diablo. Vió cercana la muerte y sólo se acordó de Dios, que no hay quien no invoque su nombre en el momento fatal, por incrédulo y malvado que sea. Entró en el alma del desdichado por la abierta herida el recuerdo de Dios, se apoderaron de él el remordimiento por un lado y el arrepentimiento por otro, y sólo se acordó de implorar el perdón, pensando, aunque equivocadamente, que era mortal la herida.
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| IMAGEN 7. La zona de los sucesos en el "plano de los franceses". |
Con esto cesó la lucha. D. Luis cayó en tierra y el demonio desapareció de la vista de los enemigos. Estos huyeron temerosos de las rondas, y quedó el patio del convento solitario, solamente con un cadáver tendido en tierra, que no otra cosa parecía D. Luis. Sin embargo, poco tiempo después de esta escena, el muerto empezó á hablar, y su primera palabra fué de perdón y encaminada al cielo. Entonces se presentó de nuevo el diablo.
"En este lugar me entregaste el alma hace ocho días", dijo: "vas á morir, te la reclamo".
"Dios dispondrá de ella", contestó el caballero; "si me salva se la consagraré eternamente en el claustro. Allí lloraré mis infinitas culpas, allí obtendré su perdón. Retírate, espíritu de Satanás, yo te maldigo".
El diablo se encorvó, como fustigado por la maldición del moribundo; después se irguió y miró desdeñosamente al mal herido hidalgo, lanzó una risotada estridente y dijo: "Me entregaste el alma y ahora me la niegas. Quieres salvarla y no lo conseguirás. No será mía, pero no irá tampoco á la mansión de Dios. Mientras que la tierra ruede sobre su órbita, no saldrá tu alma de ella". Y haciendo un gesto horrible y de forma extraña sobre el infortunado D. Luis, lanzó el diablo de sí una luz inmensa, como terrible relámpago, y se oyó un trueno espantoso y orrísono y desapareció; por la mañana, en el lugar de la escena, había un fuerte olor á azufre y un trozo de columna, del largo del cuerpo de un hombre, estaba tendido en el suelo.
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| IMAGEN 8. Una esquina deteriorada. |
El santero, aterrado, habíalo presenciado todo por la cerraja de la iglesia, y lo confesó al día siguiente. Las monjas hicieron bañar con agua bendita el marmolillo por mano del sacerdote, y cuentan que a cada asperje salían del mármol extraños y lastimeros quejidos. Pasados muchos años, el marmolillo continuaba en el patio, y estando ruinosa la esquina en donde está empotrado, lo mandaron colocar allí otras monjas más modernas que ignoraban, tal vez, que aquello fuera el sepulcro de un caballero de esclarecida extirpe, menos afortunado en sus empresas que D. Juan Tenorio».
En fin, una leyenda en toda regla, con amoríos, espadas y su toque sobrenatural, en la que esta vez parece ser que fue el mal quién venció y nuestro Tenorio cordobés acabó de peor manera que el de Zorrilla. Es una lástima que ni la esquina del convento ni la columna estén en su sitio en la actualidad, podía haberla añadido al último de los paseos de la serie "De esquinas y columnas".
Rafael Expósito Ruiz.
DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.
IMÁGENES
- Fotografías del autor excepto las imágenes 3 (captura de Google Maps) y 7 (sección del plano de 1811).








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