sábado, 28 de febrero de 2026

EL POZO DE LAS VÍRGENES

     En 1865, el Ayuntamiento de Córdoba compró lo que en su día fue el convento de Nuestra Señora de las Huertas y de la Victoria con el fin de «derribarlo y ensanchar el real de la feria y ampliar los magníficos horizontes del paseo de la Victoria y de las afueras de toda aquella parte de la ciudad». El derribo se llevó a cabo al año siguiente y parte de sus materiales se aprovecharon para los nuevos jardines de la Agricultura. De este convento extramuros no sólo queda su recuerdo en el nombre del Paseo de la Victoria, y algunas de sus imágenes en la iglesia de San Nicolás de la Villa, sino una leyenda surgida entre sus muros siglos atrás.


IMAGEN 1. Córdoba en 1567.



     El relato lo podemos encontrar en la obra "Cuentos y Tradiciones" de Rafael Ramírez de Arellano, al igual que la que compartí la última semana sobre "El mármol del diablo". Tras una introducción en la que el autor nos habla sobre la historia del convento y nos describe su iglesia como la vio él de pequeño, sigue una narración es la que se entremezclan los sucesos ocurridos en torno a la revuelta del arrabal de Saqunda con otros posteriores y bastante fantasiosos:


     La iglesia con sus muros de piedra oscurecidos por la acción del tiempo y sus artesonados, casi negros, debía tener un aspecto medroso despues de mediada una noche del mes de Mayo de 1553 en que recogidos los frailes en sus celdas, despuès de cantar sus rezos de media noche, solo alumbraba el templo la débil luz de una lámpara que ardía ante la imágen de la virgen de las Huertas, adorada en el retablo mayor de la iglesia.
     A tales horas no estaban todos los frailes recogidos, como era reglamentario, sino que, embutido en una de las altas sillas del coro, quedaba rezando devotamente sus oraciones particulares el padre fray Andrés de Santa María, religioso de ejemplares virtudes que, por su piedad y devoción, era tenido como un futuro bienaventurado entre sus hermanos de comunidad.
     Absorto estaba el buen padre en sus meditaciones y rezos, cuando observó que la luz mortesina de la lámpara tomaba incremento, ó tal creyó al ver que el templo se iba poco á poco iluminando. Abrió los ojos de par en par, miró á todos lados y no vió de dónde salía tal resplandor que iba siempre en aumento y llegó á brillar más que el sol radiante de Andalucía en un hermoso día de primavera; y aquella claridad no daba sombras como la luz del sol, sino que iluminaba con igual intensidad los techos y los muros, los pavimentos y los altares.


IMAGEN 2. El convento de la Victoria, a la izquierda.


     A poco rato empezó á oirse una armonía deleitosa, de un ritmo tan delicioso que no la habían escuchado hasta entonces humanos oidos y que se fué acercando paulatinamente hasta oirse dentro del templo sin que se vieran, no obstante, los misteriosos músicos ni los instrumentos que pulsaban y al par que la música, se difundió por el sagrado recinto un perfume tan grato como no lo soñaron jamás los humanos sentidos, y en todo ello, lo mismo en la luz que en los ecos y los perfumes, había un embriagador deleite puramente místico, sin mezcla de mundano placer, pareciendo como que el paraiso se había trasportado al monasterio de la Victoria.
     El asombro del fraile llegó á su colmo cuando desde la barandilla del coro vió que por la puerta de la clausura, que permaneció cerrada, se filtraba una mujer jóven y hermosa, con hábito blanco de religiosa y llevando una cruz procesional que brillaba con inusitado resplandor á pesar de la intensa claridad que lo invadió todo. Detrás de ésta apareció otra reverenda señora con báculo de abadesa y detrás fueron apareciendo hasta diez y ocho monjas portadoras de sendas làmparas moriscas, con sus mechas encendidas. La puerta no se abrió y a través de ella, como si no hubiera existido, pasó aquella extraña procesión que á paso lento y reposado y entonando cánticos llenos de melancólicas adencias, se dirigió al altar donde se prosternaron con devoto recogimiento. En tanto los músicos invisibles entonaron canciones inenarrables y de inviçibles pebeteros, salieron nubes de incienso que envolvieron en girones de niebla la capilla mayor y el retablo.


IMAGEN 3. El antiguo convento junto al primitivo Paseo de la Victoria, en 1811.


     Hidrópicos los ojos de fray Andrés no se saciaban de mirar aquella maravilla y ansiando el fraile acercarse, echó á correr por los claustros altos, bajó á saltos los peldaños de la escalera, llegó á la iglesia y abrió la puerta, que estaba cerrada con llave por la parte del claustro, y, penetrando en el templo, fué á arrojarse de hinojos á los piés de la abadesa, poniendo en tierra la frente y besando el borde del hábito de aquella santa mujer que solo podía ser una escogida de las que se sientan en el cielo á la diestra de Dios.
     La presencia del fraile no impresionó á aquellas mujeres que siguieron sus rezos inalterables y serenas. Cuando terminaron cantaron un himno al Dios de Nazaret y luego se levantó la abadesa, la imitaron las monjas y cesaron los coros invisibles. La abadesa dirigiéndose á fray Andrés, que permanecía postrado ante ella, le dijo: «Alzad fray Andrés y escucharme. El señor está satisfecho de vuestra virtud y en recompensa de ello ha ordenado que viéreis esta fiesta anual para que podais dar testimonio al mundo del poder del Altísimo. Oid, pues, lo que habeis de repetir á vuestro superior fray Diego de Ledesma y que se consignará en las crónicas de vuestra orden para que los que lo lean perseveren en la virtud si son buenos y se conviertan al bien si caminan por un sendero de perdición.
     Nosotros somos vírgenes consagradas al Señor que en tal día como hoy, hace setecientos treinta y nueve años, perecimos en este mismo lugar por conservar nuestra virginidad y nuestro amor al que padeció por la humanidad, siendo Dios y muriendo por redimirnos en afrentoso madero.


IMAGEN 4. El ex convento en 1851.


     En este lugar existió casi desde la muerte de nuestro divino redentor un convento de religiosas. La invasión de los árabes lo respetó como respetó las iglesias y el uso de nuestro divino culto y, aunque pidiendo á Dios constantemente que librara á España del yugo de los mahometanos, vivimos aquí, respetadas y tranquilas, un siglo entero, desde aquel funesto día en que los adoradores del coram vencieron á los adoradores de la cruz en las riberas del Barbate ante los muros de Medina Sidonia.
     En 796 subió al trono Hakam I y su carácter alegre, aficionado á la caza y al vino y poco dispuesto á someterse á los faquies, hizo á éstos emprender una campaña contra el monarca, exitando á la rebelión á los fanáticos bereberes y á los renegados que, en número grandísimo, habitaban el arrabal del Mediodía á la otra parte del río. La primera manifestación de este disgusto, fué un motín en 805, en que apedrearon al sultán y éste tuvo que abrirse paso con la espada entre la multitud. Al año siguiente se sublevó de nuevo la capital mientras Hakam fué á someter á Mérida declarada independiente, y también fué reprimido haciendo decapitar y enclavar á muchos renegados. Esta constante alarma obligó al emir á rodearse de soldados mercenarios y traer para su guarda slavos y negros á quienes la gente llamaba los mudos, porque ni hablaban ni entendían el árabe español y los mudos, amparados por su amo, se hicieron insolentes y lo atropellaban todo sin que fuesen castigados nunca por sus desmanes, más que cuando se aventuraban solos por los arrabales en que el pueblo tomaba la justicia por su mano apaleándolos y matándolos y sin que jamás se pudiera averiguar quiénes fuesen los criminales.
     Como la lucha principal era con los renegados y estos impíos, que habían negado á nuestro divino redentor, eran mirados como mahometanos tibios y hasta como cristianos ocultos, la persecución alcanzaba á los pobres mozárabes, y sin embargo, en los motines de 805 y 806 nuestro convento había sido respetado sin que se nos insultara siquiera y muchos cristianos tímidos, estuvieron refugiados en nuestra iglesia mientras pasaron aquellos días calamitosos, pero llegó el año 814 y con él la gran matanza de Mayo, en que no se perdonó ni á cristianos, ni á renegados, ni nuestra misma iglesia. Estaban los ánimos muy exitados y todo preparado para la rebelión, solo faltaba la chispa que prendiera fuego á aquella inmensa pira. Un día un slavo fué á casa de un armero del arrabal del Mediodía á que le limpiase una espada. El armero le rogó que esperara, el mudo exigió que la limpiara al instante; resistió el armero y el soldado le hundió el arma en el pecho y lo dejó cadáver. Esta fué la chispa que prendió pronto. El pueblo, furioso con aquel nuevo atentado, empezó á gritar que ya era tiempo de acabar con tales soldados y con el tirano sensual que los protegía. El ardor revolucionario se comunicó á todos los arrabales y una multitud inmensa, provista de cuantas armas encontrara á mano, marchó contra el palacio del monarca persiguiendo frenético á los soldados, esclavos y clientes de Hakam que encontraba al paso.


IMAGEN 5. El convento totalmente desaparecido en 1868.


     El sultán estaba solasándose en una de las azoteas de su alcázar cuando vió aquel hirviente mar humano, cuyas olas embravecidas le amenazaban. Para sujetarlas mandó atacar á la caballería, pero los ginetes fueron rechazados y tuvieron que refugiarse tras de los muros del alcázar regio.
     El peligro era inminente; el mismo Hakam llegó á creer que había llegado su última hora; pero permaneció tranquilo. Desde la azotea veía la embravecida multitud que lo apostrofaba y mientras meditaba el plan diabólico que venció la insurrección, llamó á su paje cristiano Jacinto y lo mandó á pedir á una de las mujeres una botella de algalia. Trájola el paje, y el sultán la vertió toda sobre su barba y cabellos, y como Jacinto asombrado le dijese: «Señor, ¿es esta ocasión de perfumes?» le contestó «Si no fuese por ellos, ¿cómo distinguirían mi cabeza entre tantas como pronto se verán cortadas?»
     Después llamó á Hodair, uno de los jefes de la guardia, á quien mandó decapitara a los faquies prisioneros, y bajando de la azotea se armé de pies á cabeza y arengó á los soldados que se reanimaron viendo la tranquilidad y el valor de su amo. Hakam dió sus órdenes, inspiradas por Satanás, á Obaidallah, su primo, quien con varios escuadrones, atacó á la multitud, ganó el puente, y unido á los soldados de la campiña, llamados por señales, incendió el arrabal. Los pobres cordobeses, al ver arder sus casas, corrieron á salvar sus ajuares y sus mujeres é hijos, y entonces Obaidallah los atacó de frente, el propio emir por la espalda, é hicieron en ellos una horribles carnicería. Los cordobeses tiraban las armas y pedían perdón; los mudos ni entendían sus súplicas y los degollaban á centenares. Solo treinta personas de distinción fueron prisioneras y el emir las mandó enclavar en palos con las cabezas para abajo á la orilla del río.
     Veinte y tres mil familias fueron arrojadas del reino; quince mil de ellas fundaron en estado independiente en la isla de Creta; las ocho mil restantes poblaron la ciudad de Fez en Marruecos. Así terminó el motín del arrabal.


IMAGEN 6. La zona en 1884.


     Nosotras, confiadas en que habíamos sido respetadas en los anteriores motines, cerramos nuestra iglesia, y, encendiendo todas las candelas del altar, nos pusimos en oración permanente. Rogamos á Dios que conservara la vida á nuestros hermanos mozárabes y que terminara aquella matanza, que también los islamitas son hijos de Dios y se debe pedir por ellos para que vivan y puedan abrir los ojos á la verdadera fé. Pero el  motín seguía y los mudos no respetaban nada. Confundiendo, en su osadía, á renegados y cristianos, saquearon las casas de éstos y las iglesias y vinieron á atacar nuestra santa morada.
     Primero llamaron, y viendo que permanecíamos silenciosas, se pusieron á derribar las puertas. Con fuertes maderos las golpeaban á manera de ariete, y aunque los cerrojos eran fuertes, las maderas, no pudiendo resistir, saltaban en astillas. Mientras ésto ocurría, nosotras orábamos; cada vez nuestro ruego al Señor era más ferviente y fortificado nuestro espíritu en el Señor, una misma idea cruzó por todos los pensamientos, y la ejecutamos sin hablar palabra, sin mirarnos siquiera. Era más de media noche; cada una llevaba su lámpara encendida, tomamos la cruz y procesionalmente nos dirigimos á la huerta. Cuando entramos en ella se oyó caer derrumbada, con gran estrépito, la puerta del templo. Llegamos á la boca del pozo. Allí se clavó en tierra la sacrosanta cruz; las lámparas fueron colocadas, encendidas, alrededor y nosotras, una á una y yo la última, desaparecimos para siempre en la profundidad del pozo. Cuando los soldados, ébrios de liviandad, llegaron al convento y lo recorrieron todo y no nos encontraron, fueron á la huerta donde aún ardían aquellas lámparas que fueron las antorchas de nuestro desposorio con el Altísimo.
     El Señor nos recibió en su seno, ante El cantamos nuestras alabanzas, y una vez al año, nos permite que vengamos á cantar preces en el mismo lugar donde ocurrió nuestro martirio. ¡Alabado sea su santo nombre!»
     Calló la abadesa, volvieron á resonar en los espacios los cánticos celestiales, la procesión volvió á salir por la puerta del claustro y poco á poco se fueron perdiendo las armonías religiosas, los perfumes exquisitos y los resplandores paradisiacos, quedando la iglesia de nuevo oscura y solitaria, alumbrada débilmente por la mortecina luz de la lámpara que ante el retablo ardía. Cuando amaneció, los frailes encontraron á fray Andrés de Santa María desmayado sobre las gradas del presbiterio.

. . . . . . . . . . . . . .

     En el siglo XVII, F. Antonio de los Reyes, que murió en opinión de santo, aseguró haber visto la extraña procesión. El pozo sirve hoy con una noria para el riego del jardín llamado Camila; la iglesia y el convento no existen. No sabemos en estos tiempos dónde celebran sus aniversarios las vírgenes del pozo.


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Imagen 1: Sección de la "Vista de Córdoba", realizada en 1567 por Anton van der Wyngaerde.
- Imagen 2: Sección de "Córdoba en 1860". Alfred Guesdon.
- Imagen 3: Sección del "Plano topográphico de la Ciudad de Córdoba", levantado según Procedimientos de Geometría subterranea por el Ingeniero de Minas Barón de Karvinski y el Ingenº. de Puentes y Calzadas Dn. Joaquín Rillo a Expensas de la municipalidad. Año de 1811.
- Imagen 4: Sección del "Plano de Córdoba de 1851", de José Mª de Montis.
- Imagen 5: Sección del "Plano de Córdoba de 1868", de José Mª de Montis y Fernández.
- Imagen 6: Sección del "Plano de Córdoba formado y publicado de órden y á expensas del Excmo. Ayuntamiento, por Don Dionisio Casañal y Zapatero, oficial del Cuerpo de Topógrafos. 1884.

viernes, 20 de febrero de 2026

EL MÁRMOL DEL DIABLO

     A estas alturas no creo necesario recordar que Córdoba tiene tantas leyendas como rincones, algunas muy conocidas y otras no tanto, fantásticas todas y ninguna excesivamente creíble, al menos vistas con la mentalidad actual, pero que forman parte de nuestro acervo cultural. La razón de que hayan llegado hasta nuestros días se debe tanto al hecho de que hayan ido pasando de abuelos a padres y de padres a hijos, como a que algunos escritores tuvieron la precaución de recopilarlas y plasmarlas sobre el papel para que no acabaran perdiéndose.

     Uno de esos escritores a los que me refiero es Rafael Ramírez de Arellano, primogénito del autor de los "Paseos por Córdoba", quien en 1895 publicó su obra "Cuentos y Tradiciones". No creo que haga falta que aclare de qué va el libro, el título ya lo dice todo, y una de las historias que podemos encontrar en él está ambientada en la calle de Santa Inés, la misma que une la plaza de la Magdalena con la antigua calle del Horno del Camello, la Diego Méndez, y que recordé hace unos días mientras la atravesaba.


IMAGEN 1. La calle Santa Inés.



     Antes de pasar al relato, que aunque publicado en 1895 fue escrito en 1887, Ramírez de Arellano evoca un recuerdo de su infancia en que varios amigos y él paseaban por la citada calle y nos cuenta cómo uno de ellos golpeaba con una piedra una columna de mármol situada en una de las esquinas que la forman, tras lo cual aseguraba que se percibía un fuerte olor a azufre y se escuchaban los lamentos de un caballero al que el diablo había convertido en columna tras una aventura amorosa en el convento que da nombre a la calle. Rafael no había vuelto a escuchar nada acerca del curioso suceso hasta que el tío Andrés, capataz de una finca en la que se resguardaba con otras personas de una horrible tormenta, les contó a todos la historia al calor de la chimenea. Es la que sigue:

     «Yo no podré decirles á ustedes en qué tiempo pasó; pero sí que hace mucho, algunos siglos seguramente, cuando vivía en Córdoba un caballero nombrado don Luis de Cárcamo, de una de las familias más distinguidas de aquella capital y de la que tengo entendido que vienen los marqueses de Cabriñana, y como D. Luis por su parentesco era respetado de grandes y chicos, tenía mucho dinero, buena presencia, gran corazón, pocos años y deseos de aventuras, había dedicado á ellas toda su inteligencia, todo su oro, toda su valentía, y en una palabra, á las aventuras amorosas era á lo solo á que consagraba su vida.


IMAGEN 2. Las callejas de Santa Inés.



     Los días los pasaba recorriendo la ciudad viendo mujeres que cortejar de noche, las noches en dar músicas y canciones que muchas veces paraban en cuchilladas, y así aunque mozo, contaba las mujeres rendidas por cientos y los hombres muertos ó acuchillados por docenas, sin parar mientes en que las rondas lo atacaran, porque oyendo nombrar á D. Luis huían como cervatillos los pobres corchetes y D. Luis cada día estaba más ufano y envalentonado y ya no le quedaba en su patria mujer bonita que desear, que lo mismo había rendido á la altiva dama de noble cuna que habita en un palacio rodeada de dueñas y lacayos, que á la niña cándida y hermosa, pero desamparada, que vive en una choza, que sus padres abandonan al alba para salir á trabajar y ganar el sustento y que queda sola convertida en indefensa paloma fácil de atrapar por gavilanes tan duchos como D. Luis, así es que nuestro gentil hombre se iba aburriendo y á fuerza de torcer el pensamiento en busca de aventuras acabó que le faltaba para su fama una esposa del Señor á quien hacer suya, y sin acordarse de la inquisición y mucho menos de las prácticas y devociones de un buen cristiano, se echó á correr por las iglesias de los conventos y á mirar por las rejas cuál era la monja que le parecía más bonita y dedicarle todos los tiros de sus acechanzas.

     Casi ninguno de ustedes ha visto abierta al culto la iglesia de Santa Inés ni habitado el convento por monjas. Yo sin embargo me acuerdo dél como si viéndolo estuviera; era una iglesia muy hermosa, con unos retablos muy grandes, dorados con muchos adornos de hojarasca, y en el fondo tenía una reja que llenaba todo el frente por donde se veía desde la iglesia el coro y en él muchas veces á las monjas arrodilladas rezando, porque entonces no había detrás de la reja el velo negro ó azul que el obispo señor Alburquerque mandó poner, y que hoy impide que el pueblo vea á las monjas y éstas se distraigan de sus oraciones con la vista de los mozalvetes que se ponen delante de las rejas más por curiosidad que por devoción: pues bien, en el convento de Santa Inés fué donde D. Luis encontró lo que buscaba.


IMAGEN 3. Solar con restos del antiguo convento de Santa Inés.



     Tomaba el hábito en el convento una joven de aristocrática familia, y estaban convidados á la ceremonia no sólo sus deudos y parientes, que eran muchos, sino también los caballeros y señoras principales de la ciudad; contábase entre los convidados, D. Luis, que asistió á la fiesta aprovechando de paso la ocasión de ver á su sabor la comunidad entera y vióla, y tan pronto como miró á las monjas, sintió que un vuelco le daba el corazón y que quedaba rendido por una tan hermosa que pensaba D. Luis que igual no la habrían visto sus ojos, ni semejante á ella se encontraba otra criatura en el mundo, y desde aquel momento ya él no lo tuvo de reposo y estuvo toda la ceremonia desasosegado y caviloso, pensando sólo en los medios de que se valdría para hacer saber su amor á la monja y rendirla y poseerla, ofendiendo á Dios desde entonces con sus livianas pretensiones y lujuriosos deseos. Terminada la toma de hábito, cada convidado se retiró á su posada, siendo D. Luis el último que del templo salió, y la casualidad ó el demonio le proporcionaron que en el patio del convento encontrara al santero al que regaló bien, y no atreviéndose por el pronto á otra cosa, preguntó el nombre de la religiosa, que resultó llamarse Sor Inés de Jesús, haciendo pocos años que vivía en el convento, pero con una vida en extremo austera y ejemplar. Contentóse D. Luis con estas noticias y, prometiéndose volver al convento cuantas veces estuviera la iglesia abierta y pudiera ver á su adorado tormento, se retiró á su morada á dar en ella sus quejas al viento y en hermosos versos, pues era buen poeta, cantar las ansias en que su corazón se consumía y los encantos que á sor Inés adoraban.

     Noche y día frecuentaba D. Luis la iglesia cuando abierta la hallaba y las calles vecinas cuando no podía entrar en el sagrado recinto, y por más que sus ojos se gozaron en la contemplación de la monja, siempre halló los de ésta bajos y recogidos sin que de ellos esperanza tuviera; del mismo modo cuantos regalos y ofrecimientos hizo al sacristán, resultaron vanos, y ya para él quedaba desmentido el refrán de que dádivas quebrantan peñas, cuando una noche rondando el convento pensaba en dar su alma al diablo por conseguir su presupuesto y halló á la mano lo que pensaba, por más que su alma no se hallase muy bien preparada al sacrificio que tenía en mientes.


IMAGEN 4. Los restos cubiertos de maleza.



     Caviloso y desasosegado se hallaba y pensando estar solo en las callejuelas de Santa Inés, cuando sintió que en el hombro le tocaban; volvióse (pronta la mano al puño de la espada) para ver quién era, y hallóse de manos á boca con un caballero de alta estatura, espesa barba roja y puntiaguda, esclavina y capucha negras, rojo jubón, calzas y trusados de igual color, espada al cinto, aspecto agradable y los piés no sabemos cómo, pero acaso uno como la pezuña de un caballo, que no otra cosa diferenciaba al diablo, según Goethe, de cualquier otro gentil caballero. D. Luis, que era de suyo provocativo è iracundo, hubiera de buena gana atizado una cuchillada al importuno, pero sintiendo algo como de sobrenatural y fascinador en la mirada del aparecido, hubo de contenerse mal de su agrado y contentarse con preguntarle á media voz y en frases entrecortadas: ¿Qué, me quereis?

     Con fría, estridente y cadavérica risotada, como si no fuese una sola persona quien la lanzase, sino toda una legión de espíritus invisibles, respondió el desconocido:

     "Tú lo sabrás; tú que me evocas en tan solitarios sitios. Pregunta á tu pensamiento. Eres impotente para penetrar en ese lugar, y necesitas ayuda; solo el diablo te la puede prestar. En él piensas. Aquí me tienes, obediente á tu voz".

     Por bien templada que fuera el alma de D. Luis, tuvo miedo en aquellos momentos, pero su alma era toda presa del pecado y todo su pensamiento impregnado estaba de amor y de lascivia. Había invocado al demonio: él le ayudaba, bueno era tomarlo por aliado y amigo, y no pensó más. Antes de que D. Luis hablara, el aparecido le dijo:

     "Yo soy la tentación. El sacristán ha resistido á tus dádivas y la monja á tus miradas, porque yo estaba lejos. Yo tomo todas las formas y todos los tamaños; yo entro en todas partes. Yo puedo penetrar en el convento y murmurar deseos en los oídos de los virtuosos; puedo engendrar el mal en las almas benditas mientras residen en la tierra. Yo me pongo á tus órdenes. Mándame".

     D. Luis respondió: "Lée en mi alma; adivina mis pensamientos; si eres un mortal y te burlas, desenvaina la espada".


IMAGEN 5. Dos esquinas del solar donde estuvo el convento, a la derecha.



     Una nueva carcajada, como la anterior, llenó el espacio, y apenas si advirtió en el semblante del aparecido una leve sonrisa. Parecía que la risotada salía de todos lados menos de la boca del caballero. Este dijo:

     "Sor Inés de Jesús no piensa en tí ni te conoce siquiera, solo piensa en Dios y en la eterna ventura. Mañana desde el coro te verá por primera vez, sus ojos se llevarán hasta tí su pensamiento; se fijará en tí porque yo le murmuraré al oído y encomiaré tu hermosura. El sacristán pensará mañana en la riqueza de que ahora carece. Dentro de ocho días gozarás la monja. Todo esto te prometo y lo cumpliré. Pero yo no soy un auxiliar desprendido, también reclamo mis honorarios. Si me dás tu alma te daré á la monja, si prefieres la salvación no la tendrás nunca al lado tuyo: olvidaré mi misión y seré antes angel de guarda que enjendro horrible de condenación eterna. Jura y obraré. Si me dás tu alma te ayudo, si me la niegas combatiré en tu contra". Y el demonio se cruzó de brazos y esperó la resolución del hidalgo.

     Este luchaba. Aún no le había desamparado el angel bendito de la guarda que murmuraba á su oido los consejos de Dios. Del oido siniestro pendía un satélite de Satanás que atizaba los lascivos apetitos del joven. Trabada la lucha D. Luis vaciló largo tiempo pero su alma era ya del diablo y éste triunfó.

     "No un alma, dijo, cien que tuviera te las daría por gozar el amor de la hermosa esposa del creador. Ayúdame: si venzo mi alma es tuya, por un momento de placer en sus brazos mil siglos doy de condenación en los profundos infiernos". El demonio alargó su mano á D. Luis, éste la acogió en la suya y le pareció que lo oprimía una mano de hierro candente. Su alma entretanto se fortaleció en el mal y se separaron para reunirse de nuevo tal vez en las profundidades del averno.


IMAGEN 6. A la izquierda, solar con los restos.



     Diablo y caballero trabajaron de consuno diversos días. De cómo se valieron para sus siniestros nadie lo ha sabido, y sí sólo que á la semana próximamente la monja estaba enamorada perdidamente de D. Luis, y el santero era el intermediario de aquellos amores. Estando en manos de éste las llaves de la iglesia, habíase convenido en que una noche, á las doce en punto, abriría el templo á donde el caballero con su rojo ayudante acudiría. La monja saldría por la cajonera de la sacristía que comunicaba de la iglesia al convento y hallarían los amantes facilidades para conseguir sus deseos y así, convenido el plan de la fuga, hubo de ponerse en ejecución acudiendo D. Luis por de fuera y la monja por de dentro á la ansiada visita.

     Es de advertir y direlo ahora antes que llegue á olvidarme, que Sor Inés de Jesús tenía padre y hermanos de lo más floreciente de nuestra aristocracia y señores de un viejo castillo no muy lejano de la capital, y sí hubo un diablo que ayudara á D. Luis, no faltó un ángel que advirtiera á los señores de Albáida, con lo que ocurrió, que llegada la noche del rapto, abierta la iglesia, pasado el cajón de la sacristía, en libertad la monja y en brazos de su amante, cuando éstos se dispusieron á salir de la iglesia, se vieron acometidos en el mismo patio del convento por gente armada afanosa de ganar honra que creían perdida y de vengar la ofensa que aun no se había consumado.

     En este trance, el sacristán, sujetando á la monja, cerró la iglesia, quedando ambos dentro y restituyendo por la cajonera á Sor Inés al claustro, y en la parte de afuera D. Luis y el demonio acuchillándose con el padre, hermanos y mesnaderos de Sor Inès, y aunque en la refriega caían muchos de éstos, pues era invencible el brazo del diablo, no pudo impedir que una de las espadas de los vengativos Córdovas entrase tan por derecho en el cuerpo del de Cárcamo que no estuviese á punto de salírsele el alma por la herida abierta. En aquel momento, D. Luis olvidó á la monja y al diablo. Vió cercana la muerte y sólo se acordó de Dios, que no hay quien no invoque su nombre en el momento fatal, por incrédulo y malvado que sea. Entró en el alma del desdichado por la abierta herida el recuerdo de Dios, se apoderaron de él el remordimiento por un lado y el arrepentimiento por otro, y sólo se acordó de implorar el perdón, pensando, aunque equivocadamente, que era mortal la herida.


IMAGEN 7. La zona de los sucesos en el "plano de los franceses".



     Con esto cesó la lucha. D. Luis cayó en tierra y el demonio desapareció de la vista de los enemigos. Estos huyeron temerosos de las rondas, y quedó el patio del convento solitario, solamente con un cadáver tendido en tierra, que no otra cosa parecía D. Luis. Sin embargo, poco tiempo después de esta escena, el muerto empezó á hablar, y su primera palabra fué de perdón y encaminada al cielo. Entonces se presentó de nuevo el diablo.

     "En este lugar me entregaste el alma hace ocho días", dijo: "vas á morir, te la reclamo".

     "Dios dispondrá de ella", contestó el caballero; "si me salva se la consagraré eternamente en el claustro. Allí lloraré mis infinitas culpas, allí obtendré su perdón. Retírate, espíritu de Satanás, yo te maldigo".

     El diablo se encorvó, como fustigado por la maldición del moribundo; después se irguió y miró desdeñosamente al mal herido hidalgo, lanzó una risotada estridente y dijo: "Me entregaste el alma y ahora me la niegas. Quieres salvarla y no lo conseguirás. No será mía, pero no irá tampoco á la mansión de Dios. Mientras que la tierra ruede sobre su órbita, no saldrá tu alma de ella". Y haciendo un gesto horrible y de forma extraña sobre el infortunado D. Luis, lanzó el diablo de sí una luz inmensa, como terrible relámpago, y se oyó un trueno espantoso y orrísono y desapareció; por la mañana, en el lugar de la escena, había un fuerte olor á azufre y un trozo de columna, del largo del cuerpo de un hombre, estaba tendido en el suelo.


IMAGEN 8. Una esquina deteriorada.



     El santero, aterrado, habíalo presenciado todo por la cerraja de la iglesia, y lo confesó al día siguiente. Las monjas hicieron bañar con agua bendita el marmolillo por mano del sacerdote, y cuentan que a cada asperje salían del mármol extraños y lastimeros quejidos. Pasados muchos años, el marmolillo continuaba en el patio, y estando ruinosa la esquina en donde está empotrado, lo mandaron colocar allí otras monjas más modernas que ignoraban, tal vez, que aquello fuera el sepulcro de un caballero de esclarecida extirpe, menos afortunado en sus empresas que D. Juan Tenorio».

     En fin, una leyenda en toda regla, con amoríos, espadas y su toque sobrenatural, en la que esta vez parece ser que fue el mal quién venció y nuestro Tenorio cordobés acabó de peor manera que el de Zorrilla. Es una lástima que ni la esquina del convento ni la columna estén en su sitio en la actualidad, podía haberla añadido al último de los paseos de la serie "De esquinas y columnas".


Rafael Expósito Ruiz.




DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.

IMÁGENES
- Fotografías del autor excepto las imágenes 3 (captura de Google Maps) y 7 (sección del plano de 1811).

viernes, 13 de febrero de 2026

DE ESQUINAS Y COLUMNAS. DÉCIMA PARTE.

     Vuelven los paseos en busca de esas esquinas de nuestras casas adornadas con columnas,  y algún que otro capitel. La intención es señalar aquellas que proceden de construcciones anteriores, romanas, árabes o visigodas, y que se reutilizaron a modo de guardacantones para proteger las esquinas o simplemente como elementos decorativos. Hoy toca visitar la zona media de lo que se correspondería con la antigua Axerquía, en los alrededores de plazas como las de San Andrés, la Magdalena y Poeta Juan Bernier.


IMAGEN 1. Ubicación de las columnas sobre el plano.



01. FERNÁN PÉREZ DE OLIVA 3

     Comenzamos el paseo en la plaza de San Andrés y desde ahí nos dirigimos hacia la calle de Fernán Pérez de Oliva. El primer caso de hoy lo podemos ver en la casa número 3, en la esquina de esta calle con la de Pintor Bermejo, la que en su día se llamó de la Almona de Paso porque desde una fábrica de jabón (almona) que hubo en la calle Gutiérrez de los Ríos, a través de su patio, se salía a ésta. Se trata de una columna con capitel apoyada sobre otra más pequeña y ligeramente más gruesa, y que en realidad no son cilindros completos sino medios. No tienen aspecto de ser excesivamente antiguas ni de haber sido reutilizadas de una construcción anterior, sino fabricadas para el lugar en que se encuentran.


IMAGEN 2. Esquina de Fernán Pérez de Oliva con Pintor Bermejo.



IMAGEN 3. Detalle.



02. TORRE DE SAN ANDRÉS 3

     Desde Fernán Pérez de Oliva nos dirigimos hacia la plaza de San Andrés, para girar a la derecha hacia la calle Realejo y de nuevo a la derecha para entrar por la calle Torre se San Andrés, que va rodeando la iglesia hasta salir a la antes mencionada Gutiérrez de los Ríos. Antes de eso, en el número 3 de esta calleja, podemos ver el siguiente caso. Se trataría de un fragmento de columna que estaría funcionando como guardacantón, y en el que se distingue esa especie de engrosamiento que antecede a las basas y capiteles.


IMAGEN 4. Fragmento de columna en Torre de San Andrés.



03. GUTIÉRREZ DE LOS RÍOS 47

     Continuamos por la calle Torre de San Andrés hasta salir a la ya tres veces mencionada Gutiérrez de los Ríos y giramos a la izquierda hasta llegar a la casa número 47, en cuya esquina hay practicado un pequeño nicho en el que podemos ver lo que podría ser un fragmento de columna, aunque no me atrevo a asegurarlo. En la actualidad está completamente cubierto de pintura, lo que hace más difícil averiguar de qué se trata, aunque por una fotografía anterior parece ser que está fabricado en piedra.


IMAGEN 5. Un cilindro en un nicho.



IMAGEN 6. ¿Un cilindro de piedra?



04. DIEGO MÉNDEZ 6

     Volvemos a salir a la calle Realejo y giramos a la derecha para tomar la de Muñices y desde ahí, de nuevo a la derecha, entrar a la de Diego Méndez. Esta calle fue antiguamente conocida por la del Horno del Camello, que estuvo situado en la casa solariega de los Góngoras y en la que el tal Diego Méndez vivió. Algo más abajo, en el número 6, encontramos otra columna empotrada en una esquina, que también está totalmente pintada y que aparenta ser un adorno de la fachada coetáneo a la construcción de la casa.


IMAGEN 7. El número 6 de la calle Diego Méndez.



IMAGEN 8. Primer plano de la columna.



05. DIEGO MÉNDEZ 1

     Si continuamos hacia abajo por esta misma calle llegaremos hasta la casa número 1, que hace esquina con la de Duque de la Victoria. Lo que vemos aquí es lo que parecen tres cilindros de piedra montados unos sobre otros, con los dos superiores de menor tamaño y de diámetro ligeramente superior. Aunque se ven bastante antiguos, no tengo muy claro que se trate de fragmentos de alguna columna, y ni siquiera que sean cilindros y no simples piedras esquineras redondeadas.


IMAGEN 9. Esquina de Diego Méndez con Duque de la Victoria.



IMAGEN 10. ¿Cilindros o piedras con la esquina redonda?



6. ABEJAR 17

     Entramos ahora por la calle Santa Inés para salir a la plaza de la Magdalena y, desde ahí, continuar por la calle Crucifijo para girar después a la izquierda y entrar en la calle Abejar. En la esquina del número 17 de ésta veremos el siguiente caso. Se trata de una columna, de factura moderna obviamente, sobre la que descansa un capitel parcialmente roto y que sí parece proceder de una construcción más antigua.


IMAGEN 11. Número 17 de la calle Abejar.



IMAGEN 12. Primer plano del capitel.



7. ABEJAR 13

     Continuamos por esta calle hasta llegar a la casa número 13, que hace esquina con la calle Polichinela. De nuevo nos encontramos con otra columna aparentemente de construcción moderna, con base y sin capitel, y con finalidad probablemente decorativa, pintada del mismo color que el zócalo de la casa.


IMAGEN 13. Esquina de Abejar con Polichinela.



8. ARROYO DE SAN RAFAEL 2

     Entramos ahora por la calle Polichinela y al salir giramos a la derecha por la de Santa María de Gracia. Atravesamos después la plaza del Poeta Juan Bernier, lugar donde una vez estuvo el convento dedicado a la santa antes mencionada y donde el Gran Capitán estuvo viviendo de alquiler antes de esto, y llegamos a la esquina de la calle Virgen de Villaviciosa con la de Arroyo de San Rafael. Pertenece a la casa número 2 de esta última y en ella vemos una columna con capitel, de bastante antigüedad a tenor del estado en que se encuentran ambos.


IMAGEN 14. Número 2 de la calle Arroyo de San Rafael.



IMAGEN 15. Fuste y capitel castigados por el tiempo.


9. PLAZA DE LOS CABALLOS 4

     Atravesamos de nuevo la plaza, pero en sentido contrario, en dirección a otra más pequeña de la que Ramírez Arellano afirma que se trata de «una rinconada que dicen plazuela de los Caballos, por una casa en que los alquilaban». En la esquina de ésta con la calle Pleitineros veremos la siguiente columna. Se trata de un fuste sobre una base, sin capitel, y como ya viene siendo costumbre pintado para hacer juego con el zócalo y demás elementos decorativos de la casa, por lo que es imposible averiguar ni el material con que está hecho ni su antigüedad.


IMAGEN 16. La plazuela de los Caballos.



10. ISAAC PERAL 17

     Dejamos ahora la plazuela para entrar en la calle Buen Suceso y, tras atravesarla, giramos a la izquierda hacia la de Arroyo de San Andrés. En la esquina de ésta con la calle Isaac Peral, en el número 17, podemos ver lo que aparentemente es parte del fuste de una columna antigua, en la que se aprecian algunos restos de dos tipos diferentes de pintura.


IMAGEN 17. Esquina de Isaac Peral con Arroyo de San Andrés.



IMAGEN 18. Fuste de una columna.



11. HERMANOS LÓPEZ DIÉGUEZ 3

     Continuamos por Arroyo de San Andrés y giramos a la izquierda para entrar en la calle Hermanos López Diéguez. Casi al final de la misma, nos encontramos con uno de esos rincones que fueron hace ya tiempo macizados hasta una cierta altura para evitar que cordobesas, cordobeses y algún que otro visitante, se deshicieran allí de sus aguas menores y mayores. En una de las dos esquinas que forman el rincón, la que pertenece a la casa número 3 de esta calle, vemos el último caso de hoy. La piedra está tan deteriorada que no sabría decir si se trata de un fragmento de columna o simplemente un guardacantón perteneciente al antiguo zócalo de piedra, aunque yo casi me decantaría por esto último.


IMAGEN 19. La última de hoy.



IMAGEN 20. ¿Columna o zócalo?



     Terminamos por hoy el paseo en el mismo sitio donde lo comenzamos, en la plaza de San Andrés. Ahora es el momento de buscar un sitio donde sentarse y tomarse algo, así es que dependiendo de los gustos de cada uno, y de la hora, podemos hacerlo en la calle Realejo, ya sea en la cafetería Roldán o en la taberna Santi. Hasta el próximo paseo.


Rafael Expósito Ruiz.




IMÁGENES
- Imagen 1: Sección de un plano de la Gerencia Municipal de Urbanismo, editada por el autor.
- Resto de imágenes: Fotografías tomadas por el autor.

viernes, 6 de febrero de 2026

DE VUELTA AL CAFÉ SUIZO

     Hace algo más de un año que escribí sobre uno de los establecimientos con más renombre en la Córdoba de finales del siglo XIX y principios del XX, el Café Suizo. Mencioné el hecho de que dos de sus ubicaciones se encontraban en la calle Ambrosio de Morales, una en el hoy abandonado edificio de la Real Academia y la otra justo en la acera de enfrente, y me aventuré a teorizar que esta última era el actual número 12 de la mencionada calle por varias pistas que encontré en la prensa de la época. Pues parece ser que no es así.

     Mi teoría se basaba en apenas dos noticias cortas aparecidas en la prensa antigua. La primera de ellas, de 1860, decía: «Mano a las narices. De seguro que todo el que pasa por la calle del Relój no deja de hacer esa demostracion: por la puerta del café Suizo que cae á aquel lado sale un olor que no es de extrañar haya estado el cólera en Córdoba...". Otra noticia, de 1869, afirmaba que "la cubeta urinaria de la calle Munda, á espaldas del café Suizo, va á ser sustituida con un sumidero con zócalo de piedra negra. Los ojos y las narices están de enhorabuena».


IMAGEN 1. Esquina entre las calles Reloj y Ambrosio de Morales.



     Con tan sólo estas dos pistas era fácil deducir que, si la calle Munda estaba a espaldas del café y que éste tenía acceso tanto por la calle Ambrosio de Morales como por la del Reloj, no podría estar en otro sitio que en la casa que hace esquina entre estas dos últimas, la que en la actualidad lleva el número 12. Podría excusarme en el hecho de que ya sabía que la Pastelería Suiza se encontraba en el número 10, y como el café tenía que estar sí o sí en la esquina, al menos así lo entendí, estarían el uno al lado de la otra. Pero no, estaban en el mismo sitio, como se deduce de un pequeño anuncio en la prensa de 1858 que pasé por alto y que decía: «HELADOS. Desde el Domingo 18 del actual se servirán helados y sorbetes en el Café y pastelería Suiza, calle Ambrosio de Morales». Además, "La indispensable guía de Córdoba y su provincia para el año 1875", por Yodob Asiul, tampoco deja lugar a dudas al situar al Café Suizo en el número 10.


IMAGEN 2. El número 10 de Ambrosio de Morales.



     Tenemos entonces que el Café Suizo y la Pastelería Suiza son un mismo negocio y estaban en el número 10 de Ambrosio de Morales, inmueble en el que Nicolás Puzzini, su propietario, aparece domiciliado desde 1850 en adelante. Pero, al no encontrarse en una esquina, ¿Cómo podría el café tener acceso también por la calle Reloj? La respuesta es sencilla, y no es otra que el hecho de que número 10 de Ambrosio de Morales estaba unido al número 2 de la calle Reloj, formando una "L". Este extremo se puede comprobar en un escrito remitido al Ayuntamiento el 20 de septiembre de 1851, en en que se dice:

     «D. Manuel Llorente y Fernandez vecino de la misma como Albacea y Comisario partidor de la testamentaria de D, Marcial de Galvez á V.S. con el debido respeto expongo: Que consiguiente á lo resuelto por el Ecsmo. Ayuntamiento, presento el diseño hecho de acuerdo con el Caballero Arquitecto de la fachada de la pared foral denunciada de la casa n.º 2 Calle del Relox incorporada á la del n.º 4 (1) Calle del Cabildo viejo (2), para la nueva construccion que intento verificar... Tambien es de advertir que algunos de los claros que se estampan en el diseño son á mas de innecesarios, perjudiciales á la casa porque dan á las cocinas y fogariles (3) indispensables para el uso de la Pastelería Suiza establecida en la de la Calle del Cabildo viejo...».


IMAGEN 3. Diseño para el número 2 de la calle del "Reló".



IMAGEN 4. El número 2 de la calle Reloj en la actualidad.



     Además de este proyecto de reforma, en el que se indica claramente que las casas número 2 de la calle Reloj y número 10 de Ambrosio de Morales estaban unidas entre sí, también contamos con los padrones domiciliarios para dar fe de este extremo, ya que en ellos se pueden leer anotaciones sobre la casa número 2 de la calle del Reloj tales como «a cargo de D. Nicolás Puzzini», «unida a la casa de D. Nicolás Puzzini» o «unida a n.º 10 de Ambrosio de Morales».


IMAGEN 5. Las dos casas según el mapa del Catastro.



     De modo que, sin temor a equivocarme de nuevo, puedo afirmar que el Café Suizo no se encontraba en el número 12 de la calle Ambrosio de Morales, como afirmé, sino en el 10, y que tenía acceso por la calle Reloj a través del número 2 de ésta.


Rafael Expósito Ruiz.




(1) A partir del padrón domiciliario de 1860, el número 4 de la entonces calle del Cabildo Viejo (hoy Ambrosio de Morales) pasa a ser en número 10, lo que se mantiene en la actualidad.
(2) Hasta 1854, el tramo de Ambrosio de Morales que va desde la Cuesta de Luján hasta la calle Pompeyos se llamaba calle del Cabildo Viejo, y desde ese punto hasta la plaza de Séneca recibía el nombre de Cuesta de San Benito.
(3) Fogaril: Del ant. fogar 'hogar' e -il.
      1. m. Jaula de aros de hierro, dentro de la cual se enciende fuego, y que se cuelga en sitio desde donde ilumine o sirva como señal.
      2. m. Hogar común, situado ordinariamente en bajo, que usan los trabajadores del campo que se reúnen en una viña, cortijo, etc.
      3. m. Andalucía y Aragón: Hogar de la cocina. dle.rae.es.


DOCUMENTACIÓN
- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
- D. Manuel Llorente y Fernández solicita realizar una construcción en la fachada de la pared foral en la casa nº 2 de la C del Reloj. Contiene Plano. 1851. SF/C 00303-019. Archivo Municipal de Córdoba.
- La indispensable guía de Córdoba y su provincia para el año 1875 / por Yodob Asiul. 1875. biblioteca.cordoba.es.
- Padrones domiciliarios, 1509-1920 / Córdoba (Córdoba). Ayuntamiento. archivo.cordoba.es.

IMÁGENES
- Imágenes 1, 2 y 4: Fotografías tomadas por el autor.
- Imagen 3: Fotografía tomada por el autor sobre original perteneciente al Archivo Municipal de Córdoba.
- Imagen 5: Sección del plano de la Sede Electrónica del Catastro, editada por el autor.