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| IMAGEN 1. Córdoba en 1567. |
El relato lo podemos encontrar en la obra "Cuentos y Tradiciones" de Rafael Ramírez de Arellano, al igual que la que compartí la última semana sobre "El mármol del diablo". Tras una introducción en la que el autor nos habla sobre la historia del convento y nos describe su iglesia como la vio él de pequeño, sigue una narración es la que se entremezclan los sucesos ocurridos en torno a la revuelta del arrabal de Saqunda con otros posteriores y bastante fantasiosos:
La iglesia con sus muros de piedra oscurecidos por la acción del tiempo y sus artesonados, casi negros, debía tener un aspecto medroso despues de mediada una noche del mes de Mayo de 1553 en que recogidos los frailes en sus celdas, despuès de cantar sus rezos de media noche, solo alumbraba el templo la débil luz de una lámpara que ardía ante la imágen de la virgen de las Huertas, adorada en el retablo mayor de la iglesia.
A tales horas no estaban todos los frailes recogidos, como era reglamentario, sino que, embutido en una de las altas sillas del coro, quedaba rezando devotamente sus oraciones particulares el padre fray Andrés de Santa María, religioso de ejemplares virtudes que, por su piedad y devoción, era tenido como un futuro bienaventurado entre sus hermanos de comunidad.
Absorto estaba el buen padre en sus meditaciones y rezos, cuando observó que la luz mortesina de la lámpara tomaba incremento, ó tal creyó al ver que el templo se iba poco á poco iluminando. Abrió los ojos de par en par, miró á todos lados y no vió de dónde salía tal resplandor que iba siempre en aumento y llegó á brillar más que el sol radiante de Andalucía en un hermoso día de primavera; y aquella claridad no daba sombras como la luz del sol, sino que iluminaba con igual intensidad los techos y los muros, los pavimentos y los altares.
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| IMAGEN 2. El convento de la Victoria, a la izquierda. |
A poco rato empezó á oirse una armonía deleitosa, de un ritmo tan delicioso que no la habían escuchado hasta entonces humanos oidos y que se fué acercando paulatinamente hasta oirse dentro del templo sin que se vieran, no obstante, los misteriosos músicos ni los instrumentos que pulsaban y al par que la música, se difundió por el sagrado recinto un perfume tan grato como no lo soñaron jamás los humanos sentidos, y en todo ello, lo mismo en la luz que en los ecos y los perfumes, había un embriagador deleite puramente místico, sin mezcla de mundano placer, pareciendo como que el paraiso se había trasportado al monasterio de la Victoria.
El asombro del fraile llegó á su colmo cuando desde la barandilla del coro vió que por la puerta de la clausura, que permaneció cerrada, se filtraba una mujer jóven y hermosa, con hábito blanco de religiosa y llevando una cruz procesional que brillaba con inusitado resplandor á pesar de la intensa claridad que lo invadió todo. Detrás de ésta apareció otra reverenda señora con báculo de abadesa y detrás fueron apareciendo hasta diez y ocho monjas portadoras de sendas làmparas moriscas, con sus mechas encendidas. La puerta no se abrió y a través de ella, como si no hubiera existido, pasó aquella extraña procesión que á paso lento y reposado y entonando cánticos llenos de melancólicas adencias, se dirigió al altar donde se prosternaron con devoto recogimiento. En tanto los músicos invisibles entonaron canciones inenarrables y de inviçibles pebeteros, salieron nubes de incienso que envolvieron en girones de niebla la capilla mayor y el retablo.
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| IMAGEN 3. El antiguo convento junto al primitivo Paseo de la Victoria, en 1811. |
Hidrópicos los ojos de fray Andrés no se saciaban de mirar aquella maravilla y ansiando el fraile acercarse, echó á correr por los claustros altos, bajó á saltos los peldaños de la escalera, llegó á la iglesia y abrió la puerta, que estaba cerrada con llave por la parte del claustro, y, penetrando en el templo, fué á arrojarse de hinojos á los piés de la abadesa, poniendo en tierra la frente y besando el borde del hábito de aquella santa mujer que solo podía ser una escogida de las que se sientan en el cielo á la diestra de Dios.
La presencia del fraile no impresionó á aquellas mujeres que siguieron sus rezos inalterables y serenas. Cuando terminaron cantaron un himno al Dios de Nazaret y luego se levantó la abadesa, la imitaron las monjas y cesaron los coros invisibles. La abadesa dirigiéndose á fray Andrés, que permanecía postrado ante ella, le dijo: «Alzad fray Andrés y escucharme. El señor está satisfecho de vuestra virtud y en recompensa de ello ha ordenado que viéreis esta fiesta anual para que podais dar testimonio al mundo del poder del Altísimo. Oid, pues, lo que habeis de repetir á vuestro superior fray Diego de Ledesma y que se consignará en las crónicas de vuestra orden para que los que lo lean perseveren en la virtud si son buenos y se conviertan al bien si caminan por un sendero de perdición.
Nosotros somos vírgenes consagradas al Señor que en tal día como hoy, hace setecientos treinta y nueve años, perecimos en este mismo lugar por conservar nuestra virginidad y nuestro amor al que padeció por la humanidad, siendo Dios y muriendo por redimirnos en afrentoso madero.
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| IMAGEN 4. El ex convento en 1851. |
En este lugar existió casi desde la muerte de nuestro divino redentor un convento de religiosas. La invasión de los árabes lo respetó como respetó las iglesias y el uso de nuestro divino culto y, aunque pidiendo á Dios constantemente que librara á España del yugo de los mahometanos, vivimos aquí, respetadas y tranquilas, un siglo entero, desde aquel funesto día en que los adoradores del coram vencieron á los adoradores de la cruz en las riberas del Barbate ante los muros de Medina Sidonia.
En 796 subió al trono Hakam I y su carácter alegre, aficionado á la caza y al vino y poco dispuesto á someterse á los faquies, hizo á éstos emprender una campaña contra el monarca, exitando á la rebelión á los fanáticos bereberes y á los renegados que, en número grandísimo, habitaban el arrabal del Mediodía á la otra parte del río. La primera manifestación de este disgusto, fué un motín en 805, en que apedrearon al sultán y éste tuvo que abrirse paso con la espada entre la multitud. Al año siguiente se sublevó de nuevo la capital mientras Hakam fué á someter á Mérida declarada independiente, y también fué reprimido haciendo decapitar y enclavar á muchos renegados. Esta constante alarma obligó al emir á rodearse de soldados mercenarios y traer para su guarda slavos y negros á quienes la gente llamaba los mudos, porque ni hablaban ni entendían el árabe español y los mudos, amparados por su amo, se hicieron insolentes y lo atropellaban todo sin que fuesen castigados nunca por sus desmanes, más que cuando se aventuraban solos por los arrabales en que el pueblo tomaba la justicia por su mano apaleándolos y matándolos y sin que jamás se pudiera averiguar quiénes fuesen los criminales.
Como la lucha principal era con los renegados y estos impíos, que habían negado á nuestro divino redentor, eran mirados como mahometanos tibios y hasta como cristianos ocultos, la persecución alcanzaba á los pobres mozárabes, y sin embargo, en los motines de 805 y 806 nuestro convento había sido respetado sin que se nos insultara siquiera y muchos cristianos tímidos, estuvieron refugiados en nuestra iglesia mientras pasaron aquellos días calamitosos, pero llegó el año 814 y con él la gran matanza de Mayo, en que no se perdonó ni á cristianos, ni á renegados, ni nuestra misma iglesia. Estaban los ánimos muy exitados y todo preparado para la rebelión, solo faltaba la chispa que prendiera fuego á aquella inmensa pira. Un día un slavo fué á casa de un armero del arrabal del Mediodía á que le limpiase una espada. El armero le rogó que esperara, el mudo exigió que la limpiara al instante; resistió el armero y el soldado le hundió el arma en el pecho y lo dejó cadáver. Esta fué la chispa que prendió pronto. El pueblo, furioso con aquel nuevo atentado, empezó á gritar que ya era tiempo de acabar con tales soldados y con el tirano sensual que los protegía. El ardor revolucionario se comunicó á todos los arrabales y una multitud inmensa, provista de cuantas armas encontrara á mano, marchó contra el palacio del monarca persiguiendo frenético á los soldados, esclavos y clientes de Hakam que encontraba al paso.
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| IMAGEN 5. El convento totalmente desaparecido en 1868. |
El sultán estaba solasándose en una de las azoteas de su alcázar cuando vió aquel hirviente mar humano, cuyas olas embravecidas le amenazaban. Para sujetarlas mandó atacar á la caballería, pero los ginetes fueron rechazados y tuvieron que refugiarse tras de los muros del alcázar regio.
El peligro era inminente; el mismo Hakam llegó á creer que había llegado su última hora; pero permaneció tranquilo. Desde la azotea veía la embravecida multitud que lo apostrofaba y mientras meditaba el plan diabólico que venció la insurrección, llamó á su paje cristiano Jacinto y lo mandó á pedir á una de las mujeres una botella de algalia. Trájola el paje, y el sultán la vertió toda sobre su barba y cabellos, y como Jacinto asombrado le dijese: «Señor, ¿es esta ocasión de perfumes?» le contestó «Si no fuese por ellos, ¿cómo distinguirían mi cabeza entre tantas como pronto se verán cortadas?»
Después llamó á Hodair, uno de los jefes de la guardia, á quien mandó decapitara a los faquies prisioneros, y bajando de la azotea se armé de pies á cabeza y arengó á los soldados que se reanimaron viendo la tranquilidad y el valor de su amo. Hakam dió sus órdenes, inspiradas por Satanás, á Obaidallah, su primo, quien con varios escuadrones, atacó á la multitud, ganó el puente, y unido á los soldados de la campiña, llamados por señales, incendió el arrabal. Los pobres cordobeses, al ver arder sus casas, corrieron á salvar sus ajuares y sus mujeres é hijos, y entonces Obaidallah los atacó de frente, el propio emir por la espalda, é hicieron en ellos una horribles carnicería. Los cordobeses tiraban las armas y pedían perdón; los mudos ni entendían sus súplicas y los degollaban á centenares. Solo treinta personas de distinción fueron prisioneras y el emir las mandó enclavar en palos con las cabezas para abajo á la orilla del río.
Veinte y tres mil familias fueron arrojadas del reino; quince mil de ellas fundaron en estado independiente en la isla de Creta; las ocho mil restantes poblaron la ciudad de Fez en Marruecos. Así terminó el motín del arrabal.
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| IMAGEN 6. La zona en 1884. |
Nosotras, confiadas en que habíamos sido respetadas en los anteriores motines, cerramos nuestra iglesia, y, encendiendo todas las candelas del altar, nos pusimos en oración permanente. Rogamos á Dios que conservara la vida á nuestros hermanos mozárabes y que terminara aquella matanza, que también los islamitas son hijos de Dios y se debe pedir por ellos para que vivan y puedan abrir los ojos á la verdadera fé. Pero el motín seguía y los mudos no respetaban nada. Confundiendo, en su osadía, á renegados y cristianos, saquearon las casas de éstos y las iglesias y vinieron á atacar nuestra santa morada.
Primero llamaron, y viendo que permanecíamos silenciosas, se pusieron á derribar las puertas. Con fuertes maderos las golpeaban á manera de ariete, y aunque los cerrojos eran fuertes, las maderas, no pudiendo resistir, saltaban en astillas. Mientras ésto ocurría, nosotras orábamos; cada vez nuestro ruego al Señor era más ferviente y fortificado nuestro espíritu en el Señor, una misma idea cruzó por todos los pensamientos, y la ejecutamos sin hablar palabra, sin mirarnos siquiera. Era más de media noche; cada una llevaba su lámpara encendida, tomamos la cruz y procesionalmente nos dirigimos á la huerta. Cuando entramos en ella se oyó caer derrumbada, con gran estrépito, la puerta del templo. Llegamos á la boca del pozo. Allí se clavó en tierra la sacrosanta cruz; las lámparas fueron colocadas, encendidas, alrededor y nosotras, una á una y yo la última, desaparecimos para siempre en la profundidad del pozo. Cuando los soldados, ébrios de liviandad, llegaron al convento y lo recorrieron todo y no nos encontraron, fueron á la huerta donde aún ardían aquellas lámparas que fueron las antorchas de nuestro desposorio con el Altísimo.
El Señor nos recibió en su seno, ante El cantamos nuestras alabanzas, y una vez al año, nos permite que vengamos á cantar preces en el mismo lugar donde ocurrió nuestro martirio. ¡Alabado sea su santo nombre!»
Calló la abadesa, volvieron á resonar en los espacios los cánticos celestiales, la procesión volvió á salir por la puerta del claustro y poco á poco se fueron perdiendo las armonías religiosas, los perfumes exquisitos y los resplandores paradisiacos, quedando la iglesia de nuevo oscura y solitaria, alumbrada débilmente por la mortecina luz de la lámpara que ante el retablo ardía. Cuando amaneció, los frailes encontraron á fray Andrés de Santa María desmayado sobre las gradas del presbiterio.
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En el siglo XVII, F. Antonio de los Reyes, que murió en opinión de santo, aseguró haber visto la extraña procesión. El pozo sirve hoy con una noria para el riego del jardín llamado Camila; la iglesia y el convento no existen. No sabemos en estos tiempos dónde celebran sus aniversarios las vírgenes del pozo.
Rafael Expósito Ruiz.
DOCUMENTACIÓN
- Cuentos y Tradiciones, 1895. Rafael Ramírez de Arellano.
IMÁGENES
- Imagen 1: Sección de la "Vista de Córdoba", realizada en 1567 por Anton van der Wyngaerde.
- Imagen 2: Sección de "Córdoba en 1860". Alfred Guesdon.
- Imagen 3: Sección del "Plano topográphico de la Ciudad de Córdoba", levantado según Procedimientos de Geometría subterranea por el Ingeniero de Minas Barón de Karvinski y el Ingenº. de Puentes y Calzadas Dn. Joaquín Rillo a Expensas de la municipalidad. Año de 1811.
- Imagen 4: Sección del "Plano de Córdoba de 1851", de José Mª de Montis.
- Imagen 5: Sección del "Plano de Córdoba de 1868", de José Mª de Montis y Fernández.
- Imagen 6: Sección del "Plano de Córdoba formado y publicado de órden y á expensas del Excmo. Ayuntamiento, por Don Dionisio Casañal y Zapatero, oficial del Cuerpo de Topógrafos. 1884.






Fantastica leyenda, bien trabajada. Salud
ResponderEliminarY República. Gracias, amigo.
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